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El exiliado cultural.

 

 

 

Lo vimos después llegar a Ciudad de México, en febrero de 1975, para participar en la Tercera Sesión de la Comisión Internacional de Investigación de los crímenes de la Junta Militar en Chile. Pasaba rápido por el hall del hotel donde se realizaba la reunión, echando una mirada de soslayo al mural de Diego Rivera, El Paseo del Prado. Escuchaba los testimonios, la descripción del reino del terror, los asesinatos, el desaparecimiento de los prisioneros políticos, el uso de la tortura y estimó que el ejemplo clásico por excelencia del Infierno, el de Dante Alighieri, se volvía casi anodino ante esta acumulación de maldad. Porque, aunque releamos en su totalidad el Infierno de Dante —decía— jamás encontraremos que en él se torture a un niño en presencia de sus padres. Lo que hemos escuchado esta mañana —agregó— es irreversible. Ya nadie devolverá esos muertos a sifs parientes...

 

Yo le había pedido, a nombre de los chilenos, que hablara sobre la cultura. En verdad se lo solicitaba con pocas horas de anticipación. Cortázar reclamó suavemente. "¿Por qué no me lo dijeron antes? Hubiera podido preparar algo mejor?". Pero era un hombre capaz de perdonar y sabía que lo que él dijera allí nos ayudaría. Con maravillosa voluntad usó de la palabra por la tarde. "Hablar de cultura en este momento, a pesar de que ella es el elemento natural de mi vida, me avergüenza y casi me humilla y, sin embargo, esto no debe ser así, porque es necesario hablar de cultura...- Reveló que había estado en Chile en 1970 y en 1973, en el comienzo y antes del final del régimen de la Unidad Popular. Por lo que él denominó "deformación profesional", se dedicó a observar el panorama de la cultura. Pudo registrar el cambio producido en esos tres años en cada población de la cintura de Santiago y le llamó la atención los libros que se vendían masivamente al precio de un paquete de cigarrillos. Se quería también la liberación de las cabezas, de la sensibilidad frente a la belleza, la lenta e indispensable conquista de la identidad personal, de la auténtica capacidad de ser un individuo. Añadió que conocía de sobra los límites de la educación y la cultura: los verdugos también fueron a la escuela. El fascismo —concluyó— tiene razón en odiar y temer la cultura popular; ella es la bala de plata que en las antiguas leyendas mata al vampiro, bebedor de sangre, y vuelve más hermosa la salida del sol.

 

No olvidamos sus palabras. En aquella ocasión la conversación no pudo ser muy larga. Yo tenía que partir. Antes de despedirnos le recordé que en los bandos de la Junta en Chile se señalaba que

 

quedaba prohibida la circulación y venta de la literatura marxista, entre ellos estaban El Mexicano, de Jack London, conjuntamente con las obras de Cortázar, bien acompañado por autores tan marxistas como Thomas Mann, Chejov y una veintena de escritores universales. Sí, se habían prohibido los libros del peligroso Cortázar, para reemplazarlos con los bandos militares. Nos despedimos rápido. A propósito de bandos, una pequeña banda de asesinos, encabezada por el agente de la DINA y de la CIA , el ganster norteamericano Michael Townley debía llegar a México en esos días para asesinarnos. Natural ­ mente no lo sabíamos, pero ese adiós rápido a Cortázar era como una necesidad salvadora.

 

El acudía puntualmente a las citas convenidas. En mayo de 1979 lo vimos llegar a la ciudad natal de Copérnico, Thorun, acompañado de una nueva mujer, un cambio grande respecto de la amazona rubia, la exuberante Ugné. Carol, pequeñita, con algo de gata de Quebec, llegaba sin hacer ruido a la antigua ciudad provinciana, en las riberas del Vístula, donde Roberto Matta lee una proclama explosiva, al estilo de los manifiestos surrealistas, convocando sin miedo a abrir el verbo ojo al infrarrojo. Porque somos "como los ciegos que sólo ven cuando sueñan". Llama a ver toda la verdad desde adentro.

 

Julio Cortázar es de sensibilidad tan libre como Roberto Matta. Ambos son dos revolucionarios en el arte del siglo XX. Ambos son libertadores de la mente, pero a sabiendas que ella no trabaja en el vacío. Cortázar invita también, a su manera, a que salga el sol en el verbo ver y a reconocer los verdaderos derechos a ser humanos. Y para ello no basta la rebeldía ni el malhumor. Para salir del socavón —afirma Matta— hay que reorganimar la inteligencia. Cortázar lo dice de otra manera, con menos metáfora: "Nosotros, los escritores unidos a la causa de los pueblos que, como en Chile, sufren opresión e injusticia, vivimos un fin de siglo particularmente difícil, pero la dificultad es la condición sine qua non de toda literatura verdadera ­ mente avanzada, verdaderamente progresista, y por eso nuestras dificultades no se resuelven en negatividad; muy al contrario, constituyen una pasión, un motivo más para escribir".

 

Huyó siempre de la jactancia y se cuidó del candor, pero sabía que su contestación no era la soledad, sino responder al desafío con toda su fuerza. Recordó que en Buenos Aires, en los terribles años 40 y 41, las ondas cortas traían noche a noche la propaganda nazi. Cada programa empezaba con el slogan: "Aquí, Alemania, defensora de la cultura". También los discípulos hitlerianos en Chile, en Argentina, en Uruguay hablaban de cultura. Para Cortázar, la cultura no puede ser la destrucción del hombre. Si el Viejo Marinero del poema de Coleridge despierta cada día más consciente y más triste, el intelectual consciente tiene que ganar la batalla contra el desánimo y el pesimismo y asumir sus deberes. Para él la cultura es su arma de combate, porque ve la cultura como levadura de los pueblos, como factor determinante en las tomas decisivas de con ­ ciencia. Cuando decía esto habían pasado ya seis años del golpe militar en Chile y tres del asalto al poder en Argentina. A ambos lados de la cordillera el fenómeno se parecía demasiado como para que esa semejanza pudiera atribuirse a casualidad. "Hace dos años, un libro mío fue prohibido en Argentina porque contenía, entre otros, dos relatos que la Junta Militar estimó ofensivos para el régimen". El hecho le hizo sentir que ya no era solamente un exiliado físico, sino un exiliado cultural. En el fondo, a su entender, el verdadero exiliado era el pueblo argentino, separado, desarraigado del producto artístico, científico, literario de centenares y centenares de sus mejores creadores.

 

Apuntó, por la vía de su propia experiencia, la definición de una actitud: no permitir la manipulación de su obra y de su nombre por los turiferarios del régimen y, en cambio, colaborar en los órganos de expresión de la resistencia. El Mercurio, de Santiago, publicó una serie de textos de Cortázar, difundidos en muchos diarios latinoamericanos y españoles, a través de una agencia de noticias, como colaboraciones especiales. Cortázar envió al diario un seco desmentido, una rectificación tajante. Nunca le había enviado una colaboración especial y jamás se la mandaría. En cambio, agregó, "publicar colaboraciones auténticamente especiales en revistas que expresan una voz y una voluntad popular, me parece una obligación en estos momentos, y por mi parte la estoy cumpliendo cada vez que puedo". Los que trabajamos en Araucana, y desde luego sus lectores, podemos dar plena fe de la verdad de dicha afirmación. Así como no admitió jamás que su firma y su palabra fuera aprovechada por el régimen represivo, la prodigó con infinita generosidad y desprendimiento cuando se trató que nuestra revista ganara prestigio con la publicación de sus artículos. Ellos suman páginas de oro y registran una posición moral, una lección de dignidad, que nos complacemos en destacar como un arquetipo de consecuencia en el mundo intelectual. Debemos agregar algo más. Cuando se le solicitaba algún texto, nunca ponía cara de dificultad, jamás regateaba ni sometía a demo­ ras. Entregaba la colaboración pedida como quien cumplía así gozosamente con su tarea. Esa imagen de Julio Cortázar siempre dispuesto a la participación, con su ancha y desvaída sonrisa de noble camarada en la causa latinoamericana, no nos la borrará nadie.

 

Insistió en Thorun que se debía hacer como el tribuno romano que terminaba siempre sus discursos insistiendo en que había que destruir Cartago. Hay que luchar obstinadamente también en el campo de la cultura (aunque puntualizando que ésta es sólo una parte del combate) hasta "la destrucción de esa Cartago fascista que oprime a un pueblo amante de la libertad, de la paz y de la alegría". Terminó sosteniendo que "el pueblo chileno sólo creerá en nosotros cuando esté seguro de que nuestras palabras y nuestros libros son paralelos a nuestros actos". En su caso la correspondencia fue absoluta. Su fidelidad a dicho principio resultó total.

 

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