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El humanista latinoamericano.

 

Luis Bocazi

 


 

Borges acaba de entregar dos carillas con ocasión del desapareci­miento de Julio Cortázar. Las cierra con una fórmula enigmática o astuta: "Julio Cortázar —sentencia— ha sido condenado o reprobado por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras". Alguna práctica profesional del comentario de texto no me ha sido de auxilio para la comprensión de esta coda. Con idéntico escollo tropezó la amiga argentina que tuvo la gentileza de transmitirme el artículo; otras personas a las que les he pedido su parecer lo han recorrido, se han encogido de hombros y me han devuelto a la sombra. Me atrevo a suponer, no obstante: Este brusco fulgor sobre la pareja ética-política habla más de las inquietudes del autor de El Sur que de un Cortázar que cegó, con sabiduría, el posible conflicto entre ambos términos. Es legítimo barruntar, además, que el misterio de la muerte impregne las declaraciones de Borges hasta extremar las aristas de su propia meditación.

 

Julio Cortázar, como Borges, encarnaba la imagen del intelectual latinoamericano en una de sus facetas más nobles. Hablamos de esa disponibilidad para lo universal que, paradójicamente, se ve favorecida por la situación de dependencia y de subdesarrollo. El hombre que crece en territorio latinoamericano sufre dificultades de acceso a numerosas fuentes prestigiosas de la cultura occidental, pero estas hambres atrasadas le despiertan una receptividad abierta a todo lo que considera valioso en otras partes del mundo. Tentación enciclopédica, de buena ley, que anuncia como ilusión peligrosa la autarquía de las viejas culturas europeas. En el curso de una conversación, José Luis Abellán me señalaba el valor epistemológico de esta posición marginal que él estima compartida por España. Cierto o no, la porosidad de nuestro continente, apuntada por otro español, pone a menor distancia de la síntesis necesaria. Y, por fortuna para des­mentir otros infortunios, nuestros países siempre han contado con una galería de intelectuales monstruos, hombres que se aproximan bastante a la vera efigie del humanista del Renacimiento—Devora­dores de bibliotecas, aplastantes por su conocimiento y sabiduría. Y, generalmente, al contrario de Erasmo, valientes ante el poder temporal.

 

Su papel —nos referimos a Andrés Bello, José Martí, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña— ha sido el de* descubrirnos a nosotros mismos y, sobre todo, llevar adelante para nosotros una gigan­tesca lectura del patrimonio cultural de la humanidad. Selección que nos ha ahorrado tumbos entre los estantes de las bibliotecas. A las severas aduanas de estos maestros adeudamos los hallazgos básicos de nuestra información. Cortázar y ellos nos han entregado documentación para que no prolifere en nuestras tierras el Autodidacta, con mayúscula, aquel personaje de Sartre cuya metodología de aprehensión del mundo consistía en consumir los libros de la biblioteca en orden alfabético.

 

A esta fina interposición debemos esa suerte de ciudadanía cultural que nos permite transitar por el mundo con un mínimo de soltura. Debemos, además, los atisbos de una confianza en nosotros mismos que pone a igual distancia del cerril orgullo aldeano y de su simétrica deformación, el falso cosmopolitismo. La actitud y los escritos de Cortázar derraman esa transparencia acerca de sus intenciones y de sus medios, paideia que parece consustancial al intelectual latinoamericano. Esa generosa didáctica la encuentran ya en el recuerdo de sus antiguos estudiantes, quienes han reconstruido su etapa de profesor en liceos argentinos.

 

Hoy, que no está con nosotros, comprendemos que su lectura del mundo, y en particular de la cultura europea, es una riqueza que se ha incorporado al tesoro de la imaginación colectiva latinoamericana. Y aquí quizá sea pertinente volver a la palabra ética evocada por Borges. Esa implacable lucidez pedagógica hacia Latinoamérica es una de las más altas virtudes del creador de la Maga. Nada había que escapara a su escrutinio magistral, , no de barbero, sino de deshacedor de entuertos que Borges, en nombre de una ética menos comprometida con lo colectivo, a menudo, y por desgracia, no ha entendido o entendido desde otro lado.

 

Julio había recorrido las variadas zonas de la cultura europea en distintos vehículos y con distintos equipajes. Caminando quedó, relamiéndose como gato goloso, en el non-sense de Lear. Afiebrado, a grandes zancadas, en el mundo de Swift, para mostrarnos la ejemplaridad de su sátira de un poder dominante y de sus relaciones con países liliputienses. Pero, en términos de marginalidad, pocas cosas hubo que le interesaran más que la ciencia de las excepciones de Jarry para decidir de la orientación medular de su obra.

 

En la película que le dedicaran Alan Caroff y Claude Namer hay un pasaje en el que responde a la inevitable pregunta acerca del lugar de lo fantástico en su obra. Ahí, rodeado de sus libros, se lo ve más cómodo, un poco menos tímido que en su vida cotidiana. Y cuenta, poco a poco, el papel que le asigna a ese instrumento. Explorar regiones a las que no alcanza el pensamiento racional, por lo menos bajo la forma que hoy adopta. La charla anudada en estos temas podría hacer creer en un recurso literario para obtener un máximo rendimiento estético. Sin embargo, confrontadas estas declaraciones con textos de Cortázar (por ejemplo, sus estudios acerca del cuento como género), se tiene la sensación de que este aspecto de su obra es una sonda lanzada a explorar las profundidades del ser humano. En 1962, trataba de explicar a un público latinoamericano las cualidades de lo que consideraba un tema significativo. Lo comparaba a un imán, a un sol, y luego: "O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar a un sistema de relaciones más complejo y más hermoso?".

 

Sistema de relaciones más complejo y más hermoso. Siempre está presente en Cortázar ese deseo vehemente de empujar los límites de lo humano. Nada mejor que situarse en la región de las excepciones para presenciar gozoso el derrumbamiento de los muros. Insólito fue palabra clave de su diccionario. Ni más allá, ni más acá de los carteles de prohibiciones. Simplemente en aquel limbo de pureza que rodea a algunos de los personajes de la novela rusa, como alguna vez se lo hizo notar Roberto Matta. En fin, él sabía que las instrucciones para hacer madurar un mundo son antiguas como aquellas que prepararon el advenimiento de una nueva era burlándose de las estructuras de poder desde el punto de vista de la locura. Por eso instaló al Cronopio en la literatura latinoamericana. Mixtura de Tiempo y Pureza. Anhelábamos su irreverencia, su falta de solemnidad, su antipoeticidad —con perdón— tan sana, tan higiénica cuando en nuestros países dependientes marcos opresivos se apoderan gradual o brutalmente del espacio humano. Porque si algo odia el Cronopio es el discurso de la uniformidad, en especial la impuesta. Verde, erizado y húmedo, deja sueltos sus recuerdos por la casa y los trata con la afectividad de un padre. Los Famas, en cambio, los embalsaman en sábanas negras, A propósito de colores: verde y húmedo recuerdan personajes descubiertos mucho más tarde por el cine norteamericano.

 

Sí. Porque muy temprano nos invitó a mirar el mundo a través de espejos invertidos, a través de seres marginales que nos llevaban a interrogarnos sobre la norma. Nos condujo de la mano frente a los muros del Laberinto de la antigua Grecia. Y, por primera vez, asistimos a una refutación de la versión de Teseo. El Minotauro era más humano que su vencedor. No era menguada lección para que en Occidente, Borges, usted —a no dudar, el más culto de todos nosotros—, nos acostumbráramos a interrogar acerca de la ética que informa el discurso triunfante de los héroes oficiales de la Ciudad.

 

Le reprocharon a Julio Cortázar el que, desde los años cincuenta, hubiera fijado su residencia en París. Una concepción, por demás, curiosa y furiosa de la historia literaria, querría imponer el arraigo territorial como criterio definidos de calidades y de pertenencias nacionales. Cortázar no ocultó jamás que adoraba a París con pasión de enamorado. Podrían leerse sus obras como guía para la intimidad secreta de la ciudad. Amaba, en los atardeceres, observar un farol en el extremo de 171e de la Cité. Decía , en la película de Alan Caroff, que le recordaba la atmósfera misteriosa de la pintura de Paul Delvaux. París fue, para él, un soberbio museo o una biblioteca infinita en la que se sumergió soñando con Buenos Aires. En la Galérie Vivienne le bastaba empujar con el hombro cualquier rincón del aire para quedar deambulando en el Pasaje Güemes de su adolescencia. De verdad, Julio, ¿se puede desembocar así, a la distancia, una tarde en medio de las cosas queridas, de los seres queridos que se fueron? Pues nadie cree que te hayas movido un milímetro de Buenos Aires. El lado acá o allá —ya no sé— no tuvo existencia real, o tal vez sí, como un juego de niños para descubrir el mundo. En la vieja ciudad buscaste, antes que una dimensión cultural, las ilimitadas posibilidades de realiza ­ ción humana que la densidad de su historia, la pátina de sus piedras, obliga a soñar para nuestra América.

 

En materia de ciudades y de pueblos tenías la persuasión funda ­ dora de los aedos. Tu mitología personal nos envolvió al pisar, por primera vez, el suelo de Buenos Aires. Buscamos Tinogasta y Zamudio, por donde taconeó Clara hacia su ómnibus. Más tarde, París fue más fácil, menos hosco, con la familiaridad del paisaje des ­ conocido que te contó tu padre. En otra esquina, Tournefort y Estrapade, estamos seguros de haber sorprendido a Oliveira restañándose la sangre de los arañazos de la Trépat. ¿Me dejas, ahora, confesarte algo? En la calle Lagrange no he encontrado el hotel donde vivía Johnny. He escrutado cuidadosamente sus dos aceras: Restaurante, supermercado, florería, bistró, puerta donde habitó una mujer a la que quise mucho, otro restaurante, pero nada de Johnny, ni de Bruno, ni de saxo, ni de jazz... En fin, tú que me dijiste que no se podía ser revolucionario sin amar, te gustará saber que, como tú en el Metro, espío a las mujeres bonitas en el reflejo del vidrio.

 

Ya lo sé. No se puede enjuiciar una obra sólo por ecos subjetivos, ni por la tempestad de sentimientos que desencadena en un individuo aislado.

 

Verdad a medias o mentira a medias. Porque la magia creadora de Cortázar no se agotaba en su magnífica obra de ficción. En su palabra y en sus libros resonaba un tema dominante. Se había propuesto explorar al hombre, indagar los rasgos que suplantarían definitiva ­ mente al rostro estragado del hombre de nuestro tiempo. Más allá del espléndido espacio de sus novelas o de sus cuentos, lo había vislumbrado en medio de la suntuosa vegetación de Cuba o en el verde vertiginoso del paisaje nicaragüense pintado por Téllez.

 

En esto también era un humanista. O, quizá, por esto.

 

Que esta actitud interesa cada vez menos en ciertos círculos del poder intelectual, admirablemente desnudados por Régis Debray, por supuesto que no lo ignoraba. Y lo tenía sin cuidado. Lo demostró en sus declaraciones, en sus entrevistas, en su participación en tribunales internacionales de denuncia, con una coherencia y honradez que hoy estiman algunos de buen tono calificar de ingenuidad. Ironía: Después de la embriaguez revolucionaria del 68, a la que sucumbió o fingió sucumbir tanto intelectual, la moda es la apología de la política exterior de la actual Administración de los Estados Unidos... Un libro póstumo de Cortázar se llama Nicaragua tan violentamente dulce. Leemos en la página 10:

 

"Me muevo en el contexto de los procesos liberadores de Cuba y de Nicaragua, que conozco de cerca; si critico, lo hago por esos procesos y no contra ellos; aquí se instala la diferencia con la crítica que los rechaza desde su base, aunque no siempre lo reconozca explícitamente."

 

Y bien, en los momentos en que nos abandona Julio, parte considerable del poder cultural de la Ciudad quiere anular la imagen del intelectual preocupado de esos procesos de trasformación. Además, revistas y periódicos se empeñan en enseñarnos qué son nuestros pueblos y cuáles los deberes de nuestros intelectuales. Error, porque la Ciudad no les pertenece. Como pensaba Cortázar, es un patrimonio de la humanidad. Pero quizá se explique el silencio de aquella tarde de domingo cuando Carlos y Teresa me llamaron, desde Ho­ landa, para decirme que radios españolas anunciaban la muerte de Julio Cortázar.

 

Tiene razón Borges: El problema es de ética y política; lo demás es efímero y superficial.

 

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