El humor en la poesía y en la vida de Neruda

Jose Miguel Varas

 

Sentados a la mesa en un bar, los contertulios miraban a la calle melancólicamente. Alguno inició un suspiro que desembocó en bostezo. Entonces pasó el perro.

Se carece de antecedentes sobre su tamaño, su pelaje, su raza, su color. Era, dicen, un perro callejero chileno, vulgar hasta la abstracción. Los contertulios lo contemplaron. El perro se acercó a la muralla, levantó una pata y meó. Trotó en redondo, husmeó hacia el sur, giró, husmeó hacia el norte. Por fin, con decisión repentina y varonil, emprendió rápido trote y se perdió detrás de la primera esquina.

Los observadores suspiraron. Uno, considerado el filósofo del grupo, aclaró la garganta. Los demás lo miraron.
—Lo que es el perro —dijo.
Hubo un silencio largo en el que cada uno pensó (probablemente) en la vida sin historia del perro, en la infinita libertad del perro, en la eterna disponibilidad del perro, en la absoluta disposición del perro a asumir cada situación, en lo que es el perro. Todos muy serios, hasta que Pablo se puso a reír. Los demás rieron también, cada vez más, por espacio de cuarenta años, o más.

Bastaba aludir en cualquier forma al perro para desatar las más violentas carcajadas. A París, a Roma o a Moscú llegaban cablegramas misteriosos en los que sólo se leía: "Lo que es el perro". Desde Cuernavaca, Londres o Praga, respondía el poeta: "Lo que es el perro". Era una secta secreta en la que cada conjurado entendía la conjura a su manera. En todo caso, muriéndose de risa.
Más de una vez Neruda quiso aprisionar en un poema este mítico perro o este mítico concepto del perro. En ambas ocasiones el resultado fue melancólico. La alegría de los perrunos cofrades se evaporaba del verso. Citemos:

Perseguí por aquellas calles
a un perro errante, innecesario, para saber adónde van
de noche trotando los perros.
Sólo mil veces se detuvo a orinar en sitios remotos y siguió como si tuviera que recibir un telegrama.
("Otro Perro", del libro Fin de mundo)

El humor es componente importante, más aún, esencial, de la personalidad del poeta. No obstante, en su poesía sólo se reflejó en escasa proporción, aunque es posible descubrir sus chispazos a veces en clave, en obras tempranas, en aquella época en que era un poeta "vestido de poeta, de riguroso luto, luto por nadie, por la lluvia, por el dolor universal", como dice en "Infancia y Poesía". Incluso cuando escribía "los versos más tristes". Pero se trataba entonces de chispa ­zos, una ironía casi clandestina, que sugiere la capacidad de sonreír ante el espectáculo de sí mismo. Tuvieron que pasar los años para que Neruda manifestara plena y directamente una actitud humorística en su poesía, más allá de la mordiente sátira política del Canto General. Esto ocurrió en Estravagario. Los críticos, en general, han pasado por alto o han negado la existencia del humor en la poesía de Neruda. Predomina la imagen de su trascendentalismo amoroso, metafísico o político. Pero...

"Por mi parte, soy o creo ser, duro de nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza, creciente de abdomen, largo de piernas, ancho de suelas, amarillo de tez, generoso de amores, imposible de cálculos, confuso de palabras, tierno de manos, lento de andar, inoxidable de corazón, aficionado a estrellas, mareas, terremotos, admirador de escarabajos, caminante de arenas, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad, amigo de mis amigos, mudo para enemigos, entrometido entre pájaros, mal educado en casa, tímido en los salones, audaz en la soledad, arrepentido sin objeto, horrendo administrador, navegante de boca, yerbatero de la tinta, discreto entre animales, afortunado en nubarrones, investigador en mercados, oscuro en las bibliotecas, melancólico en las cordilleras, incansable en los bosques, lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno, monumental de apetito, tigre para dormir, sosegado en la alegría, inspector del cielo nocturno, trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote."

¿Se dirá que carecía de humor el hombre que escribió este autorretrato?

Dijimos que en la obra de Neruda existen temas en clave que se refieren a situaciones humorísticas o que evocan humorísticamente alguna anécdota compartida por unos pocos. Tales alusiones pueden aparecer en medio de un poema perfectamente serio, como un chiste secreto, que la mayoría de los lectores ignorará como tal y que los exégetas no podrán interpretar. Ejemplo:

El paico arregla lámparas en el clima del sur, desamparado, cuando viene la noche
del mar nunca dormido.
(Del poema "Botánica" Canto General de Chile)

Conocedores de la poesía (y de la botánica) aventuraron teorías diversas sobre el significado de estos versos, que resultaban herméticos en medio de un poema muy claro, donde cada estrofa canta a una especie vegetal. Porque, hágame el favor, ¿qué tiene que ver el paico, que en infusión se recomienda para el dolor de estómago, con lámparas, desamparo, noche y mar? ¿Por qué el poeta alude al clima del sur si el paico se da en todo el territorio nacional y de preferencia en el centro y Norte Chico?

En este caso, al hablar del paico, el poeta no se refiere a la planta aromática de nuestros campos, sino a uno de sus amigos de juventud, apodado "El Palco", que en cierto paseo azaroso en una tarde de tormenta, quedó abandonado en un islote sureño y se puso a hacer señales con un viejo faro en desuso para conseguir que se le rescatara.

Para el lector, una estrofa bella y enigmática; para los escasos iniciados, una evocación y un mensaje cómico.
¿El poeta nos toma el pelo? Evidentemente.
¿Por qué dice "como la gallina"? —me preguntó un traductor europeo que trabajaba en Estravagario. Era la última estrofa del poema "Laringe":
Si les digo que sufrí mucho, que quería al fin el misterio, que Nuestro Señor y Señora me esperaban en su palmera, si les digo mi desencanto, y que la angustia me devora de no tener muerte cercana, si digo como la gallina
que muero porque no muero, denme un puntapié en el culo como castigo a un mentiroso.

—Bueno —le dije al traductor—, esto está muy claro.
Y le conté el viejo chiste, uno de los favoritos de Neruda:
En una reunión social se come, se beben licores. Más tarde, en el salón, toca el piano una de las hijas de la dueña de casa. Después se juega a las adivinanzas. Un nuevo rico argentino se queda dormido en un sillón. Despierta cuando otra hija de la dueña de casa está declamando:

Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.
"Yo la sé —grita el nuevo rico—: ¡la gallina!"

Neruda tuvo otros chistes predilectos. Los contaba con arte, aunque a veces estropeaba el final por imposibilidad de contener la risa. El de Damocles era también el preferido de Pablo Picasso, a quien se lo contó nuestro Pablo por primera vez:

Habla una señora: —Doctor, no sé lo que me pasa, estoy tan nerviosa. Siento como si todo el tiempo colgara sobre mi cabeza la espada de Colón...
El doctor: —¿La espada de Colón? Mmh. ¿No será el huevo de. Damocles?
Picasso se revolcaba (literalmente) por el suelo cuando escuchaba este chiste y exigía que Pablo se lo repitiera cada vez que lo encontraba.
La risa de Neruda era extraordinariamente simpática y contagiosa. Conmovía su rostro entero: sus ojos desaparecían, sus carrillos se elevaban, dos arrugas paralelas se marcaban partiendo a ambos lados de su nariz. Una risa de niño, que brotaba sin cálculo, de lo más profundo.

Particular regocijo le causaba el chiste de las cadenas:
Un hombre camina con su hijo por la Plaza Roja de Moscú. Una larga cola espera ante el Mausoleo. El niño pregunta:
—¿Qué están esperando?
El padre responde:
—Hacen cola para ver a Lenin.
—¿Quién era Lenin?
—Lenin fue el que nos quitó las cadenas.
—¿Las cadenas? ¿Y qué son las cadenas?
—Eran unas cosas así, largas, de oro, que usábamos encima del chaleco, para sujetar el reloj.

Los amigos recuerdan decenas de chistes propiamente nerudianos. Algunos elaborados; otros, simples "salidas" en las que fue pródigo, pese a su ritmo aparentemente lento y al carácter más reflexivo que chispeante de su intelecto.

Cuenta Antonio Quintana:
Se corrió la voz de que Pablo había recibido del extranjero una suma importante por derechos de autor. Pronto fue a visitarlo un conocido, que se dedicaba a actividades industriales, y le propuso que hiciera un aporte de capital a una nueva empresa, muy prometedora. Le hizo entrega de un informe en el que había datos sobre inversiones, maquinaria, costos, leyes sociales, mercado, reinversiones, etc., pero en el que nada se decía de utilidades ni de la posibilidad de recuperar lo invertido. Pablo lo leyó atentamente y luego lo devolvió al esperanzado empresario.
—Soy poeta —le dijo—, pero no tanto.

En vida recibió mayor cantidad de homenajes que cualquier otro escritor contemporáneo y los discursos que le fueron dedicados, y que escuchaba con cara pétrea, ocuparían más páginas que sus "Obras Completas". Sin su capacidad para descubrir lo humorístico en los demás y en sí mismo, sin duda no habría podido resistir tanto. Alguna vez cayó en la tentación de desinflar a los retóricos. Un profesor contaba que al llegar al aeropuerto de una capital americana, fue recibido por un solemne personaje, de negro vestido, que le dijo:

—En nuestra capital, cuatrocientos poetas os esperan.
Neruda respondió a media voz:
—¿Y qué voy a hacer yo entre tanto poeta?
En otra ocasión, una importante comitiva lo acompañó en su primera visita a Macchu Picchu. Se le acechaba, había blocks de notas y grabadoras listas para recoger hasta la última de sus palabras. El poeta permaneció mudo ante el paisaje y las ruinas grandiosas. Finalmente, un periodista le preguntó:
—Diga, señor Neruda, ¿cuál es su impresión de Macchu Picchu?
Zumbaron los motores de las grabadoras, se aproximaron micrófonos, se enarbolaron lápices. Neruda dijo lo que siempre dice un chileno ante un panorama de particular belleza:
—Este es el lugar ideal para venir a comerse un asado.
A sus "Obras Completas" podría agregarse una recopilación de cartas y mensajes. En ellos el humor está siempre presente. Y la poesía. Véase este recado, escrito en dos hojas de cuaderno y echado por debajo de la puerta de unos amigos:

Los invitamos. No están.
No vienen. Se les telefonea.
Queremos darles No responden.
el libro de Tampoco se les pasa
Manuelita. por sus finas mentes
No se interesan. llamar.
Queremos darles Entonces:
las llaves de Adiós, que sigan
LN. No les interesa tampoco. igualitos.
Vengo a verlos. P.

"Mi compromiso en esta sinfonía no es político, sino humanitario. En un mundo agobiado por la barbarie y la represión ejercida sobre los más indefensos y débiles hay otro mundo posible que es el de la fraternidad y el respeto mutuos. Este mundo no será posible sólo por la voluntad del buen samaritano sino que debe ser construido con el esfuerzo de todos. Todo mi ser se rebela frente a la tortura y la vejación física o moral y por eso he creído necesario hablar en esta obra de lo que pasa en otras partes del mundo".

Por eso es que el comienzo de la obra da lugar rápidamente a la entrada de las cuatro voces del coro en un movimiento cercano de la modalidad de la fuga, en el cual una verdadera polifonía va desplegando y reiterando los versos iniciales:

Yo no vengo a llorar aquí donde cayeron:
vengo a vosotros, acudo a los que viven.
Acudo a ti y a mí y en tu pecho golpeo.

Y más adelante:

Yo encontré por los muros de la patria,
junto a la nieve y su cristalería,
detrás del río de ramajes verdes,
debajo del nitrato y de la espiga,
una gota de sangre de mi pueblo y cada gota,
como el fuego, ardía'.

Así, el tema de la sangre que habrá de germinar —"el florecimiento de la sangre derramada"— aquí en la tierra y que dará un nuevo sentido al quehacer del hombre dentro del grupo social (y que, lo sabemos, en Neruda aparece entroncado con el tema más general de la germinación de las semillas y las plantas), fue uno de los temas que Allan Petterson sintió de modo más intenso, puesto que a través de las entradas corales puede percibirse no menos de cinco veces en el primer tercio de la Sinfonía. Lo mismo puede afirmarse de los motivos de la "individuación del hermano", es decir, de aquellos en los cuales se habla de la fraternidad del nacimiento (el "sube a nacer conmigo hermano" de Alturas de Macchu Picchu), que va desde la noción general del "amor americano" hasta la individuación y nominación concreta de los sujetos. Lo sabemos, aquí Manuel Antonio López, Lisboa Calderón, Alejandro Gutiérrez, César Tapia, Filomeno Chávez y Ramona Parra son algo mucho más concreto que Juan Cortapiedras, Juan Comefrío o Juan Piesdescalzos. Por eso, a partir del momento en que el compositor los incorpora en la segunda mitad de la obra, no los soltará más y volverán una y otra vez a ser evocados por las voces polifónicas hasta el "fortissimo" final: allí un acorde en mayor, el único de toda la sinfonía, coronará con el nombre de Ramona Parra, este doloroso y lúcido homenaje musical. Con él se mezclarán al final de la obra los versos transformados por Allan Petterson en leitmotiv de la segunda mitad y que tienen todas las características de la reflexión y reiteración de la esperanza:

La lluvia empapará las piedras de la plaza,
pero no apagará vuestros nombres de fuego.
Mil noches caerán con sus alas oscuras,
sin destruir el día que esperan estos muertos.
El día que esperamos a lo largo del mundo tantos hombres,
el día final del sufrimiento

Cito por Obras completas, vol. I, Buenos Aires, Losada, p. 500. Op. cit., p. 505.

De este modo, la individuación de los nombres junto con proyectar su identidad verdadera, los transforma a través de la reiteración, en símbolos del deseo de justicia de todos los hombres en cualquier lugar de la tierra. La propia heroína es elevada al nivel de "niña ejemplar" o "estrella iluminada", es decir, más que una militante, es un símbolo de la fraternidad en la justicia cuya proyección debe ir mucho más allá de la muerte.

Una cosa nos parece cierta: esta sinfonía va más lejos en su estructura y sus modos musicales del mero comentario musical o la ilustración coral de determinados textos poéticos, lo cual es el peligro de todas las sinfonías de este tipo, peligro al cual también fueron expuestos los textos de Schiller en los que se basó la elaboración de la Novena Sinfonía de Beethoven. En la obra de Petterson hay un serio intento por reelaborar temas y motivos de un modo original. Esto puede observarse además de la técnica de composición, en la disposición temporal de la obra: se trata de una de las pocas sinfonías corales que no aparece dividida en movimientos (reproduciendo la estructura sonata: allegro-andante-allegro) sino se establece como un continuum musical, sin ninguna pausa a lo largo de su audición.

Una última observación: Allan Petterson era un compositor parapléjico (no pudimos dejar de recordar al compositor chileno Roberto Falabella afectado del mismo mal y que también trabajó musicalmente sobre textos de Neruda) y componía difícilmente con los pocos dedos de su mano derecha libres de ese terrible mal. Murió en una noche apacible en el sur de Suecia dos años después del estreno de la Sinfonía Coral Los muertos de la plaza. Estas palabras, qué duda cabe, constituyen también un homenaje a su memoria.

 

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