Neruda y su Canto a Bolívar

Humberto Diaz Casanueva

 

 

Estas "Jornadas poéticas" realízanse dentro de una coincidencia estremecedora*: Hace justamente diez años que murió Pablo Neruda; la muerte le asestó dos golpes, como en un martirologio, ninguno demasiado certero, porque él sigue —viviente y persuasivo— en el corazón de su pueblo y de todos aquellos ligados al sentido misterioso del Verbo y a las vicisitudes en el destino del ser humano. Dos golpes —repito— la lenta corrosión de su lastimado cuerpo físico; y la tajadura en medio del corazón por los acontecimientos trágicos que en aquellos días convulsionaron a Chile. En diversas partes del mundo se le rinden homenajes que entrelazan el culto a su poesía y a su activa solidaridad con el hombre atribulado y sufriente de nuestra época menesterosa. Filas interminables, sobre todo de jóvenes, desfilan frente a su casa de Isla Negra, llena de rocas, de rugidos del mar oceánico, de mascarillas de proa, de libros, de caracoles, de alfarerías, de guitarras, de enormes insectos venidos de los bosques del Sur. Nunca, a la ola indómita, se le imprimieron tan tremendas huellas digitales de un hombre que escarbó con dedos lúcidos en la entraña de la materia universal.

¿Quién clama, quién atrae a esa multitud silenciosa y ceñuda, ávida de apariciones en la agonía de lo invisible? Septiembre es el mes de Chile en que la luz, el sol, los pájaros vencen al largo y cruel invierno; septiembre es el mes en que se celebra la emancipación de Chile; septiembre es el mes en que un hombre, como en un rito mágico de encarnación y transmisión del espíritu, surge de la tierra y del mar, y susurra cierto canto de anunciación al oído de cada uno de nosotros. Neruda afirma:

Y aún después de muerto veréis
cómo recojo aún la primavera
cómo asumo el rumor de las espigas
y entra el mar por mis ojos enterrados.

La poesía, en última instancia, significa descubrir, reanimar, potenciar el sueño de la vida, aun bajo la asfixia de la propia muerte. A Neruda le fue dado, como a Martí, García Lorca, Vallejo, equilibrar la plenitud de la locura divina con el ejercicio activo de la poesía, junto a sus semejantes, recuperando la facultad mítica de los antiguos cedas, dando impulso a su imperativo ético y a su intuición profética, jamás ejercitando la poesía como un juego exquisito y autónomo, sino como un texto sagrado, en el sentido de Holderlin, para expresar las grietas y lo inconcluso de la delirante condición humana. Neruda logró levantar la condena platónica y deslizarse en el fondo de la polis.

Permitidme que recuerde a este hermano mayor, aquí, entre poetas americanos, a la sombra de Bolívar, en tierra venezolana que él amó tanto. Y dejadme, como deshojando una corona cada vez más fresca, invocar el comienzo de su "Canto a Bolívar":

Padre nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
—de toda nuestra extensa latitud silenciosa—,- todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada: tu apellido la caña levanta a la dulzura, el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar, el pájaro bolívar sobre el volcán bolívar, la patata, el salitre, las sombras especiales, las corrientes, las vetas de fosfórica piedra, todo lo nuestro viene de tu vida apagada, tu herencia fueron ríos, llanuras, campanarios,
tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre.

Neruda escribió su "Canto a Bolívar" en 1941, en Ciudad de México, en una época en que se sintió desgarrado y exacerbado por la tragedia española, que vivió tan de cerca, y por la segunda guerra mundial. Además, en aquel tiempo descubre, con mayor intensidad, su filiación americana. Así, su "Canto a Bolívar" es, fundamentalmente, un canto de resurrección, de afirmación del destino de América, de sus libertades, de sus instituciones, de su desarrollo, de sus vínculos tronchados. Sin desasirse jamás de lo lírico, se expande en una grandiosidad épica, superando aparentes solisismos para abrirse mayormente a una conciencia histórica. Su canto continúa:

Bolívar, capitán, se divisa tu rostro.
Otra vez entre pólvora y humo tu espada está naciendo. Otra vez tu bandera con sangre se ha bordado.
Los malvados atacan tu semilla de nuevo,
clavado en otra cruz está el hijo del hombre.

Críticos atolondrados han hecho gala de suspicacia para descoyuntar en forma implacable la poesía ontológica o amatoria de Residencia en la tierra, de la poesía denominada simple y realista posterior a la guerra de España. Cabría ahondar un análisis histórico-literario para apreciar la evolución que se produce al superarse el esteticismo y subjetivismo lírico del "modernismo", evolución que se inicia con el mismo Darío, se torna aguda, especialmente en Chile, y culmina con Neruda y Vallejo. Darío escribe: "Yo sé que hay quienes dicen: ¿por qué no canta ahora con aquella locura armoniosa de antaño?". Y Neruda: "Preguntaréis: ¿y dónde están las lilas y la metafísica cubierta de amapolas?". Aunque Darío publicó Azul, en Chile, no surgieron allí notables epígonos del "modernismo" como en otras partes, y el poeta, a quien se le señala como culminante de la época, Carlos Pezoa Véliz, escribió primordialmente una poesía descarnada y dolorosa sobre los desamparados, los esclavos de la gleba, los anónimos, con un verso rudo y fuerte. Desde Gabriela Mistral surge una línea de sensibilidad social que pasa por Neruda, el, gran poeta De Rokha, y que culmina con Violeta Parra, la cual nutre a la juventud actual con su canto trágico y rebelde. Gabriela Mistral dedica su amor y su ternura a los niños pobres, descalzos en el frío, y se comporta durante toda su vida como una auténtica bolivariana, pidiendo para nuestros pueblos luz y justicia. Gabriela, en el Liceo de Temuco, proporcionó, al muchacho Neruda, las traducciones de los novelistas rusos revolucionarios . Neruda, en su juventud, fue anarquista, como yo mismo y todos los jóvenes estudiantes de aquel tiempo que comenzábamos a frecuentar los sindicatos obreros y las instituciones magisteriales de avanzada, a las cuales concurría también Gabriela Mistral.

Permitidme que os narre una anécdota de la -gran poetisa. Cuando ella pasó por Washington, después de recibir el Premio Nobel, fue recibida por el presidente Truman. Yo me desempeñaba como consejero cultural de la Embajada de Chile y fui encargado de traducir el diálogo entre el Presidente y la poetisa. No duró mucho mi cometido porque Gabriela, con sencillez y osadía, le dijo a Truman: "¿Cómo es posible, Presidente, que su país tenga relaciones con el sanguinario dictador Trujillo?". Y luego: "¿Por qué un país tan poderoso como Estados Unidos no ayuda a mis 'indiecitos' de América Latina que se mueren de hambre?". El jefe del protocolo puso brusco término a la entrevista.

El recuerdo se me nubla con visiones amargas o tiernas. Yo era un muchacho, todavía liceano, cuando por primera vez oí recitar a un joven oven provinciano, flaquísimo, vestido de negro, con una voz derramada con cansancio ancestral, una salmodia, una incitación hipnótica, algo brotado de un deliquio lejano. Neruda, desde sus comienzos, ejerció un sortilegio: algo irradiaba de su persona también;
algo. un clima, un ritmo grave, un sahumerio, se desprendían de aquella melopea íntima que es su poesía, y tanto el docto, como la niña adolescente o el trabajador de la mina, se quedaban arrobados cuando Pablo decía sus versos. No hay obra poética en este siglo más he2da a lo autobiográfico que la obra de Neruda; ella contradice ciertas doctrinas poéticas que pretenden considerar al poema, sincrónicamente, sin referencia al curso de una vida, a las circunstancias socioculturales, al sustrato íntimo de la persona. Neruda vivía extremadamente pobre, en condiciones muy difíciles y deprimentes, aliviándose, a veces, con la bohemia, que le permitió vincularse en los bares a seres magníficos extraliterarios, bailarines, bailadores, prostitutos, bancarios y guitarreros. Recuerdo que en ciertas noches me pedía que le leyera al Ariosto, a Rilke, a Blake. Un día él se fue a Oriente, yo a Alemania. Algunos dicen que entonces él escribió una poesía hermética, ensimismada, de suicidio, de ceniza. Yo afirmo que Residencia en la tierra es un libro trágico, órfico, catártico, pero que en el fondo de cada tiniebla y de cada angustia hay una infinita pasión por la claridad de la vida y por la redención del hombre alienado, por la penetración de lo telúrico y de lo cósmico, dentro de la fidelidad a la tierra. Sus "Tres cantos materiales" traspasan la voluntad infinita del ser en lo oscuro y caprichoso de lo que es, y de todo cuanto lo rodea. Digo, además. que hay un amor a sus semejantes cuando habla de "millares de pobres apretados", "bestiales sacerdotes", "espantosos ingleses que odio todavía". Dicho libro expresa, en un lenguaje de noble y desagarrada poesía, la opresión y miseria de los pueblos coloniales asiáticos. Poesía de extremas dimensiones que toca el reverso del mundo, los orígenes, la inminente amenaza, la necesidad de creer para seguir viviendo. Hay algo iluso y esperanzado en el furor tenebroso de "Residencia", como asimismo hay un retorno a crueles y apasionadas preguntas y tormentos, en medio del ciclo de su poesía considerada realista o civil o política.

Hasta ahora los críticos no han sabido meterse a fondo en las antinomias y en las ambigüedades por un excesivo maniqueísmo que los guía. Salvo muy contadas excepciones, los críticos hasta ahora no han realizado una verdadera hermenéutica de una poesía tan hermosa, tan llena de latencias y de vetas ignoradas, tan plena de un poderoso lenguaje. Recuerdo que cierto crítico empeñado en explicitar un símbolo (tal vez imitando a Amado Alonso), dice que el vino, en Neruda, es la imagen del padre; pero otro crítico lo rebate y dice que es la imagen de la madre. Al verlos lanzados como sabuesos, sin orden ni concierto, en un bosque de símbolos, añoro los métodos de una crítica hermenéutica, como a la vez los análisis del criticismo formal o estructuralista, que rechazo, pero que son necesarios para descubrir lo fónico, lo intratextual, el juego de los significantes, la prosodia, el estilo, de manera que se destaque una poeticidad que no --a solamente temática o ideológica.

¿Por qué le atrae Bolívar? Halla en el Libertador al guía inextinguible que ha de conducirnos a nuevas batallas y a nuevas conquistas. Dice en el "Canto" algo, un verso cristalino:

¿Y cómo es la semilla de tu corazón muerto? Es roja la semilla de tu corazón vivo.
Martí dijo de Bolívar: "Hombre fue aquél en realidad extraordinario. Vivió como entre llamas y lo era". Neruda canta:
Por eso hoy la ronda de manos junto a ti.
Junto a mi mano hay otra, y hay otra junto a ella, y otra más, hasta el fondo del continente oscuro.

Neruda siente la vigencia de Bolívar, hemos de rescatarlo del panteón, de los que proclaman su gesta sin percibir su entrañable levadura; hemos de rescatarlo de los mantuanos; percatamos en lo profundo de su efigie, tanto la proclamación de las libertades democráticas, como la abolición de los privilegios, la justicia económica y social, la autodeterminación de los pueblos, los derechos humanos, la defensa de la soberanía frente a la violación extranjera, la integración y la unidad de nuestros pueblos. Neruda no lo inmoviliza erguido en el mármol de su caballo blanco, porque Bolívar galopa, galopa en nuestros sueños.

Neruda lo capta prócer, estadista, pero también poeta visionario en su propia médula, antes del verso; y lo ve y lo oye y lo sigue oyendo en el Monte Sacro, en Jamaica, en Angostura, en el Chimborazo, en Santa Marta; espíritu alucinado aunque lúcido, instintivo pero lleno de rigor intelectual como lo demuestran sus escritos, sus cartas, su crítica al poema de Olmedo. Y Neruda canta:
Tus ojos que vigilan más allá de los mares, más allá de los pueblos oprimidos y v heridos, más allá de las negras ciudades incendiadas, tu voz nace de nuevo, tu mano otra vez nace: tu ejército defiende las banderas sagradas: la libertad sacude las campanas sangrientas, y un sonido terrible de dolores precede
la aurora enrojecida por la sangre del hombre.

Permitidme decir: ¿acaso el Delirio del Chimborazo no puede parangonarse al Delirio de Macchu Picchu? La génesis del éxtasis, el vuelo fantástico, el ánimo obsesivo, en ambos es equivalente, aunque la palabra, en uno, subterránea y elemental, y en el otro, fluyente a la vez que tatuada, sigue el curso de lo que ambas naturalezas eran: uno, el fulgor del ideario y de la acción histórica; el otro, el fulgor de la escritura tejida por fantasmas redivivos. Bolívar dice: "Desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo...". Y continúa: "De repente se me presenta el Tiempo... Sobrecogido de un terror sagrado ¡Cómo, oh tiempo! —respondí— ¿no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto?". Y finaliza: "Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre y escribo mi delirio". Neruda habla de "mil años de aire, semanas de aire, de viento azul, de cordillera férrea". Ambos se espantan ante el paso del tiempo; el tiempo desaloja a la Historia, el tiempo vacío como el carozo de la muerte. Pero Bolívar resucita a través del sueño de Colombia. Neruda también resucita:

Sube a nacer conmigo, hermano...
Sube conmigo, amor americano.
Besa conmigo las piedras secretas... Dadme el silencio, el agua, la esperanza. Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. Apegadme los cuerpos como imágenes. Acudid a mis venas y a mis bocas. Hablad por mis palabras y mi sangre.

Hace diez años, un 23 de septiembre, hordas saquearon la casa en que se velaba el cadáver de Neruda. No obstante, una luz, un trueno. un vino dorado, circundan su nombre en el corazón lloroso, pero erguido, del pueblo chileno. La última vez que vi a Neruda, ya muy postrado, fatigosamente me llevó al hueco de una rosa y secreteamos; nunca lo sentí tan íntimo, tan fraternal.
Le dije: He visto los nombres de nuestros amigos muertos en las vigas de tu casa, y otras vigas limpias, aguardando... Me dijo: "Sí. Humberto, que cosa más tremenda es la muerte y sin piedad alguna" Le recordé a Rilke, a quien él tradujo cuando joven. Años después habló contra los rilkistas, entre los cuales me incluía. Se reía. "Humberto, ahora veo que no hay poesía pura ni impura. Yo tenía que cometer errores, pero tuve la franqueza de decirlo. ¿Recuerdas mi verso?":

No soy rector,
no dirijo,
y por eso atesoro
las equivocaciones de mi canto...

De repente, le recordé unos versos de Whitman: "Ver, oír, palpar. son milagros, y cada una de las partes y extremos de mi cuerpo es un milagro; divino soy por dentro y por fuera, y santifico todo cuanto toco y me toca". Le añadí: "creo que tu poesía ha contribuido mucho a la nueva filosofía del cuerpo ...... Riéndose, me dijo, textualmente "Humberto, este cuerpo es un saco de mierda, pero puchar que dz gusto ...... Recordamos con entusiasmo al vidente, al místico salvaje de Rimbaud. "Todo puede expresarse en poesía —me dijo— y puede surgir una creencia o una norma de conducta, de la poesía misma de su propia autenticidad y bullir incesante, pero no de consignas n preceptos". Matilde nos llamó a almorzar.

Recuerdo el vino que brotaba de una ánfora en forma de gallo que cantaba al escanciar regalo de un poeta turco. Permitidme que en tierra venezolana, invocando al Libertador, exprese un sentimiento de nostalgia y de dolor y rinda mi homenaje a ese gran poeta, compatriota de todos los que estamos aquí presentes, hombre bondadoso, mascarilla de carne y de bronce en la proa de nuestro gran barco. Y finalizo leyendo otra estrofa del "Canto a Bolívar":

Libertador, un mundo de paz nació en tus brazos. La paz, el pan, el trigo de tu sangre nacieron, de nuestra joven sangre venida de tu sangre, saldrán pa, pan y trigo para el mundo que haremos

 

227060
HoyHoy17
TotalTotal227060