Neruda el político

 

 

Algunos distinguidos estudiosos del poeta eluden una confrontación seria con el político Pablo Neruda. Prefieren soslayar el hecho de que el poeta le dedicó gran parte de su vida y lo mejor de su obra a sus deberes de militante y dirigente del Partido Comunista de Chile. ¿Qué opinión y qué testimonios tienen ustedes sobre el poeta político?

Aída: Era un marxista de sólida formación. Lo fue incluso antes de ingresar al Partido Comunista de Chile, que le pareció la organización de izquierda que mejor lo interpretaba. No le gustaban los intelectuales románticos en política, ni los que se proclamaban muy revolucionarios y eludían las acciones concretas. La guerra de España lo hizo aban¬donar los cafés de la tertulia intelectual para dedicarse a duros trabajos políticos, sin temor a ningún riesgo. Era diplomático, pero renunció a la abstención y no ingerencia a que lo obligaba su cargo. Cuando todo estuvo perdido en España, organizó el viaje del "Winnipeg" para traer a Chile a centenares de republicanos cuya vida y futuro eran inciertos. Naturalmente, lo dominante en él era su trabajo creador, y era absolutamente feliz escribiendo frente al mar de Isla Negra. Pero estimó su deber hacer algo por su pueblo. Por eso aceptó, al regresar definitivamente a Chile en ese período, la candidatura a senador por el Norte y asumió la representación parlamentaria de los obreros de Antofagasta o Tocopilla con la mayor responsabilidad, con ejemplar seriedad.

Sergio: Sentía admiración por la sabiduría y la generosidad del pueblo. Nunca se olvidaba de su padre ferroviario y le apasionaban los oficios obreros. El mayor personaje para él en la historia de Chile era Luis Emilio Recabarren. Se entendía muy bien con Elías Laferte, con el que hizo en 1945 una gira por todo el Norte, por cada una de las oficinas salitreras y los pueblos fantasmas de la pampa. Participaban en grandes mítines y en otros que eran muy pequeños, casi familiares. Neruda no tenía ninguna experiencia como orador político y le costaba decir lo que se esperaba de los candidatos al Parlamento. Laferte le aconsejó que era mejor que leyera sus poemas. Así lo hizo Neruda y fueron conquistando auditorios inmensos. Después se iban a comer o dormir a la casa de algún pampino, a la que llegaba todo el vecin¬dario, que solicitaba que el poeta siguiera leyendo sus versos. Era un militante comunista muy disciplinado que acataba sin reclamar la disciplina del Partido. Recuerdo que militamos juntos en una célula de la Compañía Chilena de Electricidad. No parecía el lugar más ade¬cuado para él, porque también existían células de intelectuales y ar¬tistas. Nuestros compañeros allí eran obreros de la empresa y se dis-cutían sus problemas gremiales y conflictos políticos. Pablo daba algunas opiniones, en las que recomendaba siempre ser muy amplio y unitario. Nunca faltaban las campañas de finanzas y los consiguien¬tes bailes y comidas para reunir fondos. Pablo era el encargado de redactar las tarjetas de invitación, para las cuales hacía algunos dibujos y escribía versos. Hay que decir, además, que era un gran organizador de toda clase de actos. Para esas campañas de finanzas invitaba a co¬midas a las que concurrían personas que tenían más dinero que el común de los comunistas. Casi siempre se realizaban en la casa de Santiago Aguirre o de Carlos Vasallo. Eran fiestas llenas de sorpresas políticas y gastronómicas.

Aída: Una muestra de su gran consecuencia militante fue cuando aceptó en 1969 ser candidato a la Presidencia de la República. Estaba lleno de trabajo en Isla Negra, tenía compromisos perentorios que debía cumplir porque sus deudas eran muy grandes. Existía la falsa idea de que era un hombre que ganaba mucho dinero, pero no era tan cierto. Se dio cuenta de que su candidatura serviría para encontrar un abanderado definitivo que pusiera de acuerdo a todos los partidos de la Unidad Popular. Dejó de lado sus actividades y se lanzó a sacrificadas giras por el Norte y Sur del país. Era entonces un hombre de sesenta y cinco años con algunas enfermedades de cuidado. La candidatura tomó más vuelo del que todos calculaban. En cada pueblo, grande o pequeño, lo esperaban multitudes. Era objeto de recepciones en las que participaban hasta personajes locales de la derecha felices de tener en su pueblo a un poeta tan famoso. En uno de sus regresos a Isla Negra durante la campaña, me dijo: "Me empiezo a inquietar, me aterra ser Presidente de la República. ¿Cuándo van a definir el candidato verda¬dero? ¿Por qué se demoran tanto?".

A veces me preguntan si a Neruda le gustaba ser miembro del Co¬mité Central del PC. Estoy segura que lo consideraba un honor y lo tenía muy presente. Recuerdo que lo llevé en auto la primera vez que asistía a una reunión de este organismo. Le dije, bromeando: "Así que vamos a una reunión del Comité Central, compañero". Me respondió: "Sí, se legalizan las cosas".

—¿Qué opinión tenía de Salvador Allende y qué relación sostuvo con él?
Sergio: Conoció muy bien a Salvador Allende desde el Frente del Pueblo o de antes. Decía que era un político que se "agrandaba" en su aprecio. Nunca, en realidad, fue uno de sus amigos íntimos, pero muchas veces Allende y Tencha fueron a visitarlo a Isla Negra. Tenían en común cierto gusto por la pintura. Allende era admirador de los muralistas mexicanos y del arte precolombino. Conocía muy bien el Canto General y sorprendía al poeta recitando estrofas que él mismo había olvidado. Creo que Pablo era injusto en la apreciación de las dotes de orador de Allende. No le gustaban mucho sus imágenes y su tono. Y lo dijo hasta en sus Memorias. Pero su adhesión a él fue abso¬luta cuando asumió la presidencia. Pensaba que Allende era el más grande Presidente de Chile después de Balmaceda.

El Premio Nobel y un proyecto

—¿Qué hay de cierto acerca de la ansiedad con que esperaba recibir el Premio Nobel?

Aída: Evidentemente, le halagaba la idea de ser galardonado con el Nobel, sobre todo si se considera que su nombre figuró durante mu¬chos años entre los candidatos más reiterados. En 1965 ó 1966 sus amigos vinculados a la Academia Sueca le dieron la seguridad que sería el ganador. Los periodistas lo asediaban en Isla Negra en esas oca¬siones y él cerraba la puerta para evitarlos. En los últimos años creo que ya había perdido las esperanzas y el asunto no le preocupaba. Pienso que cuando se lo dieron finalmente en 1971 fue cuando menos ánimo tenía para recibirlo. No le dio crédito a las llamadas telefónicas y sólo creyó cuando le llegó el telegrama oficial de la Academia Sueca.

Sergio: No se ha hablado mucho del destino que Pablo quiso darle a una parte de los dineros del Premio Nobel. Apenas regresó a Chile, a fines de 1972, gravemente enfermo, semiinmovilizado de las piernas, llamó —entonces yo era ministro de Justicia— para poner manos a la obra de un proyecto que le daba vueltas en la cabeza desde hacía tiempo. Había adquirido unos terrenos cerca de Isla Negra, en Punta de Tralca, y proyectaba la fundación de una cómoda residencia para escritores chilenos y de todo el mundo que irían a trabajar allí hasta por seis meses. Se financiaría con un aporte de su Premio Nobel y con sus derechos de autor, más una contribución del Estado. Funcionaría en base a becas otorgadas por escritores, previa aprobación de sus antece¬dentes y conocimiento de sus necesidades económicas. El Gobierno de la Unidad Popular designó una comisión, que encabezaba yo y en la que estaban el pintor Nemesio Antúnez, el economista Gonzalo Mart¬ner y los arquitectos Federico Wong y Fernando Castillo Velasco.

Se iban a expropiar las partes colindantes de los terrenos adquiridos por Neruda para agrandar un poco el espacio. Habría allí unos pequeños bungalows, donde vivirían y trabajarían los escritores becados, y una casa central, que les serviría como biblioteca y lugar de charla y reuniones sociales. El poeta le dejaba a esa fundación su biblioteca, en la que había primeras ediciones de Rimbaud y numerosos y valiosos incunables que no donó a la Universidad de Chile cuando le hizo en-trega en 1954 de su anterior biblioteca. Además, en Isla Negra, al frente de la vivienda del poeta, se iba a construir la Casa de la Cultura, en la que se exhibirían permanentemente los tapices de las famosas teje¬doras de Isla Negra y otras artesanías. Todo esto entusiasmó al poeta en los primeros meses de su regreso a Chile. Se recluyó en Isla Negra y no quería recibir a nadie, pero si se trataba de hablar de estos proyec¬tos su puerta estaba abierta. Se mostraba entonces alegre y entusiasta, examinaba los planos, daba consejos, decía: "De mí se puede decir que soy mal poeta, pero nunca mal arquitecto". El proyecto se fue apa¬gando en la medida que avanzaba la agitación contra la Unidad Po¬pular y crecía el caos minuciosamente organizado por la derecha y los que buscaban el fin del Gobierno de Allende.

Los últimos meses

—¿Estaban ustedes enterados de la enfermedad de Neruda y de que su fin se aproximaba?

Aída: En el último tiempo pensaba, sin dramatizar mucho, en su muerte. Quería incluso tomar algunas medidas, y alcanzó a esbozar algunas de ellas. Por ejemplo, deseaba ser enterrado en Isla Negra, en una punta frente al mar, donde tenía un mirador. Ya en 1971 nos había¬mos enterado confidencialmente que estaba enfermo de cáncer. Pero él no lo sabía, no lo sospechaba siquiera, a pesar de que había enflaque¬cido mucho. Fue un excelente embajador en Francia y su misión no fue nada de fácil ni tranquila. Durante su ejercicio se renegoció la deuda externa de Chile en el Club de París, y entonces se vio obligado a sos¬tener más reuniones con banqueros y economistas que con artistas, pero creo que nunca la Embajada en París estuvo más abierta a los chilenos que entonces. Lo visité allí en 1971, después de asistir en Gi¬nebra a una reunión de la OIT a la que me envió el Gobierno de la UP.

La Embajada estaba llena de vida, de visitantes. Fuimos a conocer el RER de París (ferrocarril metropolitano regional), que estaba en construcción, y los obreros lo reconocieron y rodearon. Lo vimos con Sergio un año y medio después, a su regreso a Chile. Era otro hombre. Tenía un aspecto cansado y un color cetrino. Nos dijo que el único paraíso en la tierra era Isla Negra y que de allí no se movería.

Fue un gran sacrificio físico para él participar en el homenaje que le tributaron en el Estadio Nacional y en el que habló el general Carlos Prats, en¬tonces vicepresidente de la República. Recuerdo que Neruda debió recorrer en un automóvil abierto toda la pista del estadio de pie como si el uso de sus piernas fuera normal. Luego pronunció también de pie un bello discurso. No quería mostrarse como enfermo ante las autori¬dades, la gente, los periodistas. Le fastidiaban las frases de condolen¬cias por su estado físico, y por eso apenas terminó el acto se fue de inmediato a Isla Negra y no apareció más en público.

Sergio: Los primeros meses de 1973 estuvieron marcados por la campaña electoral para la renovación del Parlamento. Y también por el terrorismo de la derecha, el desabastecimiento, el odio de clase, que nunca había alcanzado tales proporciones. La tradicional buena convi¬vencia desapareció. Yo era ministro de Justicia y me daba cuenta de que toda legalidad era arrasada por los que querían, simplemente, el derrocamiento del Gobierno constitucional. Pablo seguía paso a paso todos los acontecimientos en Isla Negra. Estaba ávido de información y se valía para eso de los diarios, la televisión, la radio, el teléfono. Lo primero que le pedía a sus visitantes era: "Cuenten, cuenten lo que pasa". Los informantes no podían ofrecer muchas novedades. Pablo sabía más detalles que ellos y completaba sus noticias con entretelones que nadie sabía de qué fuentes provenían.

—Los últimos meses son tal vez los menos conocidos. ¿El poeta sólo recibía a sus amigos más próximos? ¿Siguieron ustedes visitándolo con la misma frecuencia que antes?

Aída: Aunque Sergio y yo estábamos muy ocupados, decidimos verlo lo más posible. Ibamos a Isla Negra no sólo los fines de semana, sino también en los dial laborales. Partíamos hacia allá a las cinco de la tarde y regresábamos a Santiago a medianoche. Pablo había sido sometido a un tratamiento de cortisona que lo hinchó y lo puso re¬dondo. No se quejaba ni hablaba de enfermedades. Seguía escribiendo con el mismo horario y rigor de siempre. A veces se quedaba en cama y allí continuaba escribiendo. Le gustaba barajar proyectos para el futuro. Uno de ellos era la celebración de sus setenta años en 1974. Quería que eso fuera un pretexto para reunir en Santiago a notables personalidades del mundo entero; a varios premios Nobel, entre otros, dispuestos a apoyar al proceso popular chileno y denunciar ante el mundo la conspiración reaccionaria contra el Gobierno del Presidente Allende. "Estoy seguro que vendrán los más famosos, los más indiscutibles, de todos los colores y de muchos países", decía. Aconsejaba la creación de un comité que trabajara con mucha anti¬cipación en todos los detalles.

Siempre tenía a su lado a su fiel secre¬tario, Homero Arce, que conocía como pocos al poeta y que trabajaba abnegadamente en las versiones definitivas de los borradores de sus erras y recogía entonces el dictado de sus Memorias. Todo funcio¬naba bien en la casa, porque Matilde siempre fue una eficiente admi¬nistradora, una compañera amorosa e indispensable. Sin ella, el poeta se sentía inválido. «¿Dónde está la "Patoja"?», preguntaba a cada rato. Esperaba el regreso de sus viajes a Santiago con verdadera ansiedad, como si la ausencia se hubiese prolongado por largos días. Ella se encargaba del contacto con los editores, de las finanzas, del correo, de la cocina, de los invitados. Un día recibió la visita del Presidente Allende acompañado de Luis Corvalán. Conversaron con naturalidad y franqueza. Le pareció que Allende estaba lleno de energías y le impre-sionó su decisión de hacer frente a las dificultades enormes de su Gobierno y los caminos que emprendería para resolverlas.

Celebramos con él su cumpleaños número sesenta y nueve. Había¬mos asistido a muchos otros desde aquél de los cuarenta y cinco años en el departamento de la calle Ismael Vergara. Eran fiestas llenas de encanto, con multitud de invitados. Pero esa última vez fuimos muy pocos a verlo. Lo encontramos en cama. Le llevé un canasto de frutas, lo puse a sus pies y le dije: "Abrazos y besos y frutas también". Sergió comió con un par de amigos alrededor de su cama. El resto lo hicimos abajo con Matilde. No teníamos ánimo para bromas. La situación del país estaba al rojo vivo. Se había producido ya el "tanquetazo" del 29 de junio y se esperaba lo peor.

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