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Pablo Neruda, ese sonriente guerrero.

 

Julio Cortazar

 


No quisiera ver en esto* un homenaje, sino una fiesta de la amistad Y del afecto, tal como Pablo Neruda las amó siempre, tal como a él mismo le gustaba ofrecerlas a sus seres queridos, entre bromas y tragos Y charlas y paseos, tal como alcancé a vivirlas a su lado en los últimos anos de su existencia. Sé que por muchas cosas él se hubiera sentido contento aquí, entre nosotros; sé también que su contento no hubiera nacido de ser el centro del homenaje, sino de sentirse parte de la entera rueda en cuyo eje lo ponían los fuegos de la poesía. Nadie hubiera podido superarlo en ese arte sutil de asumir un homenaje y poco a poco irle quitando su lado ceremonial, eso que siempre tiene de reunión al pie de un monumento, hasta llevarlo insensiblemente a la gracia de una batalla de flores, de una farándula en torno a las mesas y las sillas, de un fuego de artificio donde la música y la palabra, y los sombreros de papel y las improvisaciones de una commedia dell'arte —del arte chi­ leno de manejar el humor con seriedad y la seriedad con humor— eran las armas con que Pablo transformaba los mausoleos en tablados para juglares y trovadores, denunciaba el vacío de los cenotafios para des­ concierto de tantos cocodrilos lacrimosos, y alzaba hasta la luz la copa de pisco hasta convertirla en la estrella opalina de la noche.

Y si sólo con pobres palabras puedo evocar esos encuentros con la g racia que tuvieron siempre los encuentros amistosos en torno a Pablo, si el gran mago no está aquí para metamorfosearlo todo y poner en

* El presente texto —inédito hasta ahora— fue leído por su autor en la velada de homenaje al poeta, realizada en la UNESCO , París, en junio de 1983.

descubierto la juguetona desnudez de Dionisos en plena ceremonia conmemorativa, sé que casi todos los que llenan esta sala quisieran sentir, o habrán sentido ya, el paso de las panteras del dios de la tierra y los viñedos, y que el verdadero homenaje al poeta y a la poesía no se llama homenaje sino comunión, se llama epifanía, presencia de ausente en una abolición de la imposibilidad, en un desafio a las negras po ­ tencias del tiempo y la distancia y el olvido.

Y es por todo eso que si sólo sé servirme de palabras, las rechazo como discurso y las lanzo en cambio hacia tantas otras cosas que qui­ siera concitar aquí para alegar a Pablo, como sin duda lo hubieran alegrado esta noche los sonidos, las luces, los gestos, los poemas que le han traído los amigos como otros tantos juguetes de maravilla, los disfraces que revelan la verdad por debajo de la harina, las lentejuelas y las máscaras del arte. Me hubiera gustado poblar este escenario de osos polares, de plantas tropicales, de fuentes llenas de peces; hubiera querido tejer en el aire una música tangible, una red en la que pingüinos equilibristas y monos con luces de bengala colmaran el espacio de constelaciones sonoras; hubiera llenado esta sala de tarros de pintura, de acrílicos chirriantes, de tintas donde resopla todavía el calamar, para que entre todos le hiciéramos a Pablo un inmenso biombo en espiral, un laberinto para perdernos entre colores, falsas flechas indi ­ cadoras y carteles anunciando que los bares están abiertos y que nadie debe quedarse en su butaca cuando suene el silbato de ese tren que va a llevarnos a todos tan lejos de la solemnidad y sus cangrejos acarto ­ nados. Sí, hubiera querido ser malabarista, escultor, repostero, bajo profundo, karateka, strip-tiseur, poeta de cosas y no de palabras, y todo eso me nace tan pobremente de ellas, mientras pienso cóm6 de las palabras de Pablo fue naciendo a lo largo de su prodigiosa saga una nueva geografía, una cartografía diferente, Ptolomeo vencido por Copérnico y Copérnico superado por una visión planetaria en la que nada es como se pretende que sea, allí donde una poesía todopoderosa rompe los puntos cardinales y los zodíacos y propone un mundo dife ­ rente para los hombres que lo merezcan.

Esos hombres están hoy lejos de su tierra angosta y perfumada, o viven en ella la larga espera del exilio interior; esos hombres, aquí o allá, son parte de este encuentro, lo han querido y lo celebran como la prueba de que Pablo no se equivocaba en esa manera tan suya de mirar el sol cara a cara y desgajar del tronco de un árbol o la curva de una ola la verdadera imagen de la vida. Si algo podemos saber es que aquí no han entrado ni los verdugos ni los lacayos, que este diálogo, en el que la voz y la poesía de Pablo replican en nuestra memoria a cada palabra, a cada gesto, a cada música que le dedicamos esta noche, es nuestro diálogo con la luz y el aire, con la libertad y la confianza en el destino latinoamericano. Si algo nos une a él y nos lo acerca es la certeza del futuro, la certeza de Chile tal como su pueblo lo quiso y lo quiere y lo tendrá. Nuestra fiesta es combate, como lo fue siempre la poesía de ese sonriente guerrero; nuestro homenaje no es un epitafio, sino una vela de armas, a la espera del alba.

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