Pablo Neruda

 Biografía.

 

 

1904
Neftalí Ricardo Reyes Basoalto (Pablo Neruda) nace el 12 de julio, en Parral, Chile, hijo de Rosa Neftalí Basoalto de Reyes y de José del Carmen Reyes Morales. Neruda pierde a su madre cuando tiene un mes de edad.

1906
Don José del Carmen se traslada a Temuco y se casa en segundas nupcias con doña Trinidad Candia Marverde. Neruda fue llevado a Temuco unos pocos años después

1910
Pablo Neruda ingresa al Liceo de Hombres de Temuco, donde realiza todos sus estudios hasta terminar el 6º año de humanidades en 1920

 

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 Acto conmemorativo a 10 años del fallecimiento de Pablo Neruda

Grabación en vivo desde el Teatro Caupolicán en santiago de Chile.

 

 

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​​Prof. Jaques Gilard El nobel asesinado Pablo Neruda

 

Una entrevista olvidada

 

Por Jacques Gilard

 

Ilustración de Guillermo Núñez

El poeta colombiano Gregorio Castañeda Aragón (1887-1960) era en los años treinta y cuarenta una figura destacada de la vida intelectual de su país. Pertenecía a una generación intermedia entre el modernismo y la vanguardia, habiéndose dado a conocer hacia 1910, en especial por medio de sus publicaciones en la importante revista prevanguardista Voces que animaba en Barranquilla el catalán Ramón Vinyes. A lo largo de los años, Castañeda Aragón viajó por el Viejo Mundo y el Nuevo, desempeñó importantes cargos de ejecutivo en empresas privadas o en entidades estatales de su país, y también asumió varias veces empleos en la diplomacia, por ejemplo, ya en el umbral de la ancianidad, el de cónsul en Belén de Pará (Brasil). Al principio de los años cuarenta, representaba a Colombia en Ciudad de Guatemala, desde donde enviaba con regularidad sus colaboraciones al suplemento literario de El Tiempo de Bogotá. En Ciudad de Guatemala, donde mantenía una intensa actividad intelectual, editando una revista cultural y literaria que allí había fundado, tuvo la oportunidad de conversar con Pablo Neruda, entonces cónsul general de Chile en México, quien efectuaba una visita privada en el país vecino.

Las conversaciones entre ambos poetas dieron lugar a la publicación que aquí presentamos, aparecida en el suplemento de El Tiempo el día 13 de julio de 1941. Tal vez sea de lamentar que Castañeda Aragón no restituyera en forma directa las respuestas de Neruda, pero es cierto que en Colombia aún se desconocía, o casi, el género de la entrevista. De modo que es una transcripción muy mediatizada la que podemos conocer hoy, pero no por ello desprovista de interés.

Desde luego, Castañeda Aragón interrogó a Neruda con perspectiva muy colombiana, en particular sobre lo que era entonces la poesía predominante en el país, la de los piedracielistas. Hubiera valido la pena que el entrevistador no se callara los nombres de los piedracielistas preferidos del poeta chileno, aunque, dado lo que pensaba Neruda del influjo de Juan Ramón Jiménez en América, la opinión global debía ser más bien negativa, y el juicio nada más que reticente en los mejores casos individuales. Pero también manifestó Castañeda Aragón curiosidad por otros temas y no carece de interés el concepto que recogió, aunque en forma demasiado escueta, sobre la poesía negrista de las Antillas. También merecen atención, si bien nada tienen de propiamente nuevo, los juicios de Neruda sobre la poesía en lengua española del siglo xx, su enfática mención de la herencia rubendariana y su severa alusión a Juan Ramón Jiménez.

De la misma manera conviene destacar la insistencia con que Neruda se refiere al necesario compromiso del poeta en las circunstancias trágicas que vivía la humanidad. Como se ve en la breve alusión que hace Castañeda Aragón a la lectura de versos sacados de lo que llama «Canto de Chile», Neruda iba camino de su Canto general, y lo hacía con base en una preocupación de alcance universal. Tal vez no haya por qué subrayarlo demasiado, pero al menos es útil ver que el poeta chileno recordaba en una Hispanoamérica aún amodorrada y ensimismada el significado de los acontecimientos bélicos que en ese mismo momento se estaban desarrollando en otra parte del mundo. Y también es justo apuntar que Castañeda Aragón le reconocía a ese tema la suficiente importancia como para dedicarle un párrafo de sus notas.

Ilustración de Guillermo Núñez

El trasfondo de la vida intelectual colombiana era precisamente entonces de indiferencia a los problemas de la guerra. Las semanas anteriores habían sido ocupadas por una violenta polémica sobre nacionalismo literario, en la que la mayoría de los escritores colombianos había optado por una actitud de repliegue sobre realidades y valores supuestamente nacionales. Y, precisamente en la misma entrega del suplemento de El Tiempo, aparecía el artículo «Bardolatría», ataque del piedracielista Eduardo Carranza contra la poesía de Guillermo Valencia. Era el punto de partida de otra polémica interna, en la que nuevamente se perdió de vista el apremiante entorno mundial del momento. El esfuerzo de Castañeda Aragón y las palabras de Neruda cayeron por consiguiente en el vacío, al menos para el sector más amplio y entonces encumbrado de la intelectualidad colombiana. Y ello pese a que hubiera merecido bastante despliegue la conversación entre ambos poetas, ya que se le atribuyó en el suplemento literario de El Tiempo la primera columna de la primera página.

Sin embargo, la poesía de Neruda no dejaba de suscitar una gran admiración en Colombia, especialmente entre los piedracielistas, como se pudo ver dos años después, cuando el poeta chileno visitó largamente el país en el viaje de regreso a su patria. Se concluyó su estancia por la publicación de sus «Tres sonetos punitivos para Laureano Gómez» (suplemento de El Tiempo, 17 de octubre de 1943, p. 1), que causaron una gran conmoción, si bien no se puede estar seguro de que en esa oportunidad los intelectuales colombianos captaran mejor que antes el sentido del compromiso que Neruda se exigía a sí mismo y les exigía a los demás: parece que nuevamente predominó una interpretación excesivamente local de ese compromiso. Al menos sí habían sabido los colombianos recibir con admiración al gran poeta que los visitaba. La entrevista realizada por Castañeda Aragón había surtido efectos muy limitados, pero tenía el mérito de señalar un derrotero por el que abogaban con insistencia otros intelectuales colombianos y que eran capaces de ver algunos jóvenes que solo se expresarían después de 1945.

 

Los maestros americanos: Pablo Neruda y los piedracielistas

 

El encuentro en Guatemala con Pablo Neruda ha sido para mí una ocasión para volver a temas ya un tanto olvidados. El gran poeta chileno que reside ahora en México, donde desempeña el cargo de cónsul general de su país, acaba de pasar una semana en esta capital, no en función de turista, sino con el deseo de sumergirse en el magnífico paisaje que la cursilería del vizconde de Fleury descubrió bajo el título de Guatemala azul.

En varias conversaciones con el autor de Residencia en la tierra, he recogido opiniones, puntos de vista, conceptos sobre diversos temas actuales, con el entendido de que ellos estaban destinados a El Tiempo en su totalidad y en parte a la revista Colombia Gráfica que aquí he fundado y dejaré algún día en buenas manos.

Neruda siente una profunda simpatía por Colombia, la que no conoce —me dice— porque nuestro país no está en las rutas que él habitualmente ha recorrido. Le complace que estas cosas que me ha dicho se publiquen en una tierra «de gente letrada» como Colombia.

Pero, como Neruda viene ahora de México, empiezo por pedirle su opinión sobre el movimiento literario mexicano de los últimos tiempos y sobre la influencia que en ese movimiento tenga ya la inmigración intelectual española llegada a ese país en los tres años anteriores.

Ilustración de Guillermo Núñez

El poeta de España en el corazónencuentra muy interesante ese movimiento, sobre todo por lo que él tiene de actual, de humano, y considera que no solo para México sino para los demás países del continente, de habla española, será de extraordinario valor esa inmigración. Hay más: cree que la intelectualidad española, el pensamiento español, mejor dicho, experimentará una gran transformación en su contacto con nosotros y que esa mutua influencia se hará sensible hasta en aquellos países que, como Guatemala, no han recibido ese valioso aporte de la tragedia de España.

El español —piensa Neruda— tiene la gracia, el donaire, la elegancia, el gusto por la aventura, mientras que nosotros tenemos cierta fuerza desordenada, cierta áspera grandeza que es la naturaleza misma infundida en el individuo. Le he anotado el hecho de que en América estábamos ya, de tiempo atrás, más o menos influidos por los grandes valores españoles, a través de los libros que copiosamente derramaban las editoriales de la península en América, mientras que de nosotros allá no llegaba nada, en nuestra pobreza editorial, y acaso también por cierto desdén que por nosotros sentían los españoles, en materias literarias, aunque ya un poeta americano hubiera gloriosamente ganado la otra orilla y luego, muy después, poetas como el propio Neruda hayan sido escuchados allá con cariño y admiración.

Las influencias —dice el poeta— nos vienen, a veces, con toda una época de por medio, en el estilo de escritores a los que suponemos no debemos nada. Y añade: Muchos creerán que no tienen nada que ver con Darío y sin embargo, si escriben como lo hacen, lo deben a aquel fulgor de Rubén, que modificó de modo tan trascendental la lengua castellana. Este elogio de Darío nos presenta a Neruda desprovisto de esa «pose» frecuente entre los jóvenes que desdeñan al maestro insigne.

Cierro mis preguntas sobre México con una que se refiere a la antología de poetas mexicanos que publicó el año pasado Manuel Maples Arce y que he recibido recientemente de Roma, enviada por el autor, y Neruda me dice que en México ha sido mal recibido este libro porque en él Maples ha querido molestar a sus compañeros y vengarse de algunos malquerientes. Y esto es así. Hace poco vi que Gorostiza se expresaba en esos términos, a pesar de que de este poeta sólo hay en la antología unos poemas escogidos de sus libros.

¿Pablo Neruda se encuentra en México contento? Quizás sí, quizás no. No me ha dicho nada en concreto. Pero es seguro que este hombre que ha cultivado su angustia, la suya propia y la que le viene del dolor de los otros, no se encontrará bien en ninguna parte mientras el mundo gire al revés y la justicia no se haya hecho sobre la tierra.

Ilustración de Guillermo Núñez

Hace el poeta desfilar por el recuerdo algunos colombianos de México y se fija particularmente en Alberto Acuña, nuestro pintor, en quien encuentra un temperamento artístico poco común. Habla de él con cariño y admiración.

Interrogo ahora a Neruda —que responde con ese tono de madurez que le es característico— sobre nuestros poetas jóvenes y particularmente sobre los que se agrupan en «Piedra y Cielo», y me dice que no los conoce a todos y que a los que conoce sólo es por cuadernos aislados o poemas sueltos, leídos en alguna revista colombiana. Pocas revistas de Colombia ha recibido y no sabía, por ejemplo, que en la última entrega de la revista Universidad Católica Bolivariana y en la inmediatamente anterior, se han publicado unos trabajos sobre su obra poética, de Clarence Finlayson, los cuales sí debe conocer por haberse quizá publicado antes en Chile.

Su concepto sobre los jóvenes de mi país es, en general, que no han arraigado aún; que hacen una poesía demasiado pura, demasiado sin contacto con las realidades del momento. Cree el poeta que en estos tiempos no puede pensarse en deshumanizar la poesía; que hay que intervenir de todas maneras en los problemas que agitan el mundo y que sobre todo el poeta tiene en el presente las más graves responsabilidades. Neruda recuerda que desde tiempos remotos los poetas no se desentendieron jamás de las cuestiones de ese orden, incluso aquellos genios de la poesía como Virgilio, Dante, etc., que no por ello dejaron de hacer arte purísimo e inmortal.

Entre los jóvenes «piedracielistas» aprecia a dos o tres cuyos nombres me da y yo me callo para no provocar controversias. Encuentra en ellos verdadera esencia poética. Querría que ellos no se guiaran por lo que él llama la «crítica capitalista» que en todas partes está empeñada en elogiar esa cosa ilógica que es el arte por el arte. Dice Neruda que esos críticos no quieren que el poeta interprete las cuestiones sociales por considerarlo peligroso para los intereses de la comunidad que representan. Mas éstas son consideraciones que Neruda hace desprovisto de toda animadversión. Es él bondadoso y amplio y como arriba lo hemos dicho simpatiza grandemente con nuestro país.

Ilustración de Guillermo Núñez

Anoche terminó sus vacaciones de Guatemala con un recital para un corto número de amigos, dado en la sala de recepciones del hotel Palace. Leyó tres poemas, extraídos de sus libros que informan las tres etapas de su obra literaria, comenzando por los de la época de Crepusculario,siguiendo con la de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (la más amplia etapa de su poesía) y finalizando con poemas de sus libros Residencia en la tierra, España en el corazón y el «Canto a Chile», en preparación.

Hablamos sobre la obra de los poetas españoles antes de la revolución y al preguntarle si cree que volverá España a tener un gran poeta de la categoría de García Lorca, se torna escéptico. En España, no, al menos por ahora. En América, quizás surja otro genio español entre los emigrados. Me pregunta si en Colombia hay muchos españoles y le hablo de los dos o tres que conozco, entre ellos don Luis de Zulueta. Luego, de los que conozco en La Habana. Y al llegar a estos y sonar el nombre de Juan Ramón Jiménez, Neruda se detiene para decirme que el poeta de Platero y yo ha hecho y está haciendo mucho mal a los jóvenes de América que le han tomado de modelo, cuando en realidad Jiménez se ha desviado de su verdadero camino, que es el viejo camino aquel por donde él y Platero caminaban a la luz de los atardeceres, que tan bien describió en sus primeros versos. Su poesía actual no vale nada. Como hombre, además —añade Neruda—, Juan Ramón Jiménez es un español indiferente que salió de su patria precisamente cuando comenzaba el peligro.

Deseo saber qué piensa Pablo Neruda de la poesía negra, antillana, y él me dice que en la actualidad esa poesía carece de fondo. La poesía negra norteamericana ha ido más a la raíz de lo negro. Admira a Ballagas, a Guillén, etc., pero ve que su poesía reside únicamente en los sonidos de las palabras, imitativas de la música negra. ¿Es eso lo que debe ser una poesía negra?

Y es esta la síntesis de las conversaciones con Pablo Neruda, quien ha regresado esta mañana a México

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