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Un escritor, un país, un desencuentro.

 

Osvaldo Soriano

 


Julio Cortázar vivió la mitad de su vida en París y nunca, antes, estuvo más cerca de los argentinos, de sus breves alegrías y sus largas des­ dichas.

El hombre que parecía eternamente joven debe haber sentido que empezaba a morirse hacia diciembre pasado, cuando sorpresivamente tomó un avión y llegó solo a Buenos Aires.

Quería ver a su madre, caminar ciertas calles donde habitaron sus personajes, reunirse con el país que se libraba de sus enemigos mili­ tares. Abrazar ese lugar donde lo hicieron sufrir y ser feliz. Esa región del corazón que nadie puede quitarnos.

Es posible que Cortázar haya ido a Buenos Aires para mirarse al espejo por última vez.

Dijo que estaba enfermo y que volvería en febrero. Quería eludir a la prensa y escaparle a la admiración beata. Temía que no lo dejaran andar en paz por esas veredas y aquellas plazas que recordaba con la memoria de un elefante herido.

Pero creo que, como todos nosotros, le temía, sobre todo, al olvido.

No fue a la Argentina a recibir homenajes, pero se conmovió hasta las lágrimas la noche en que una multitud reunida en Teatro Abierto lo aplaudió de pie, interminablemente.

Le dolió, en cambio, la indiferencia del electo gobierno democrático, tan lleno de intelectuales, de escritores, de artistas, de humanistas.

Le hubiera gustado saludar al presidente Alfonsín. Frente al hotel, la medianoche antes de su partida, le dijo a Hipólito Solari Yrigoyen: "Mándale un abrazo; ojalá que todo le salga bien".

Hacía veinticinco años que había adherido al socialismo y con ello irritaba —cada uno lo manifestaba a su manera— a militares, pero­nistas y radicales argentinos. No a todos, claro, pero a los suficientes como para vedarse el camino de los elogios públicos. A su muerte, el gobierno se tomó casi veinticuatro horas para enviar a París un tele­grama seco, casi egoísta: "Exprésele hondo pesar ante pérdida expo­nente genuino de la cultura y las letras argentinas".

No había en el texto juicio de valor que dejara entrever acuerdos o celebraciones compartidas. Apenas un reconocimiento de argenti­nidad ("genuino-) sin mengua. Habrá que reconocer que es un paso adelante respecto de quienes lo habían considerado francés creyendo que con eso lo insultaban.

Sería una necedad desconocer que Cortázar amaba a Francia, sobre todo a París, y que tenía motivos profundos para vivir aquí.

Llegó a los treinta y siete años y escribió toda su obra en medio de "una gran sacudida existencial-. Y lo explicó muchas veces: "Con ese clima particularmente intenso que tenía la vida en París —la soledad al principio; la búsqueda de la intensidad después (en Buenos Aires me había dejado vivir mucho más—; de golpe, en poco tiempo, se produce una condensación de presente y pasado; el pasado, en suma, se en­ chufa al presente y el resultado es una sensación de hostigamiento que me exigía la escritura".

Pero era inevitable: el chauvinismo, la mezquindad de los argentinos —sobre todo de sus intelectuales— se manifestó desde que Cortázar se convirtió en un autor de éxito en el mundo entero. Como no era fácil discutirle su literatura, se cuestionó al hombre indócil y lejano en una suerte de juego de masacre que el propio Cortázar llamaba "parri­cidio—.

"Lo que siempre me molestó un poco fue que los que me repro­chaban la ausencia de la Argentina fueran incapaces de ver hasta qué punto la experiencia europea había sido positiva y no negativa para mí y, al serlo, lo era indirectamente, por repercusión, en la literatura de mi país, dado que yo estaba haciendo una literatura argentina: escri­biendo en castellano y mirando muy directamente hacia América Latina.-

Desde que conoció la revolución cubana, Julio Cortázar hizo polí­tica a su manera: generoso, pero nunca ingenuo, adhirió al socialismo y apoyó a la izquierda, de Fidel Castro a Salvador Allende, de Fran­ Gois Mitterrand a los sandinistas de Nicaragua, de los insurgentes de El Salvador a los patriotas de Puerto Rico.

No fue, sin embargo, un incondicional. Si nunca lo explicitó públi­camente, sus desacuerdos con los revolucionarios aparecían cada vez que predominaba el dogmatismo ideológico y las libertades eran con­culcadas. Pero Cortázar, al evitar la ambigüedad, supo impedir que sus

Críticas fueran recuperadas por el imperialismo al que tanto había combatido.

Desde 1979 dedicó lo mejor de su asombrosa fuerza física y moral a apoyar y servir a la revolución sandinista.

Cometió errores, por supuesto, pero fue el primero en criticarse y aceptar sus equivocaciones. Fue leal con sus ideas y con sus amistades. No quiso regalarle su literatura a nadie y por eso la preservó renovadora y libre hasta el final.

Su combate contra la dictadura argentina le ganó otros adversarios además de los militares, que lo habían amenazado de muerte. No era antiperonista, como se dijo, sino que detestaba los métodos fascistas de cierto "justicialismo" autoritario.

De joven —y lo explicó mil veces—, no entendió el fenómeno de masas que se aglutinó en torno a Perón, como tampoco había como ­ prendido, de estudiante, al populismo democrático de Yrigoyen. Ya maduro se pronunció por una ideología, una manera de interpretar el mundo que, cuando no está encaminada o dirigida desde un partido, suele ser vista como pura utopía o esnobismo.

En 1973, cuando viajó a la Argentina, compartió las mejores horas con Rodolfo Walsh, Paco Urondo y otros intelectuales que desde el peronismo combativo creían posible la edificación de una sociedad más justa.

Cortázar compartió ese entusiasmo pero desconfiaba de las intenciones de Juan Perón y su entorno de ultraderecha: la masacre de Ezeiza y la ofensiva lopezreguista lo hicieron desistir de su idea de volver al país por un tiempo prolongado para ponerse a disposición de la juventud.

De aquellos sueños pronto convertidos en pesadilla habló breve ­ mente en Buenos Aires en diciembre pasado. La llegada al gobierno de Raúl Alfonsín le parecía un paso adelante, una barrera contra el autoritarismo. Veía en el pensamiento del nuevo presidente la esperanza de una vida democrática por la que él había luchado desde el extranjero.

No podía ser radical, como muchos intelectuales de turno lo hubieran querido, porque conocía las flaquezas de las clases medias (de las que él había surgido), sobre todo cuando tienen el poder. Pero quería, como todos sus amigos, que Alfonsín y los suyos tuvieran éxito.

Como todos los grandes, Cortázar se ganó la admiración de los jó­venes, de los que no han negociado sus principios ni declinado su fe en un mundo mejor, menos acartonado y solemne. Este hombre, su obra colosal, los representará más allá de la coyuntura política: mientras otros vacilaban ante la dictadura, él dio el ejemplo de un compromiso que le acarreó prohibición, desdén, olvido, injusticia.

Casi nunca hablaba de sí mismo sino en función de los otros. Era tímido y parecía distante. Quería y se dejaba querer sin andar diciéndolo, con ese pudor tan orgulloso que lo hacía escapar a la veneración y sorprenderse de su propia fama.

Tenía nostalgia de una nueva novela que nunca escribiría porque Latinoamérica le quitaba dulcemente el tiempo. Solía trabajar entre dos aviones, en París, en Managua, en Londres, en Nairobi o en la

autopista del sur. "Me consideraré hasta mi muerte un aficionado, un tipo que escribe porque le da la gana, porque le gusta escribir, pero no tengo esa noción de profesionalismo literario, tan marcada en Francia, por ejemplo".

Sus novelas, poemas, ensayos, tangos y hasta una historieta-folletín de denuncia (Fantomas contra los vampiros multinacionales) muestran hasta qué punto su arte consistió en tratar las obsesiones del alma, el impiadoso destino de los hombres, como un juego permanente, como una profanación saludable y revitalizadora.

Si Arlt y Borges habían dado vida a la literatura argentina, Cortázar le agregó alegría, desenfado, desparpajo para sondear el pro­ fundo misterio del destino humano. "La violación del hombre por la palabra, la soberbia venganza del verbo contra su padre, llenaban de amarga desconfianza toda meditación de Oliveira, forzado a valerse de su propio enemigo para abrirse paso hasta un punto en que pudiera licenciarlo y seguir — ¿cómo y con qué medios, en qué noche blanca o en qué tenebroso día?— hasta una reconciliación total consigo mismo y con la realidad que habitaba" (Rayuela, cap. 19).

No le disgustaba que calificaran a su literatura de "fantástica", aun cuando es tanto más que eso. Deploraba la solemnidad y el realismo y polemizaba con los cultores de la literatura "útil". Me dijo un día: "Te cambio Rayuela, Cien años de soledad y todas las otras por Paradiso — . Escribió, sin embargo, varios textos "comprometidos" de no­table eficacia, porque eran perfectas metáforas (Grafito, Reunión, Recortes de prensa, Segunda vez), y también una novela, Libro de Manuel, que en 1973 fue como una bofetada para muchos guerrilleris­tas solemnes que, de inmediato, renegaron del Padre literario. Cortázar no lograba ser ceremonioso ni siquiera con los revolucionarios, y quizá el futuro de las revoluciones se lo agradecerá. Los derechos de autor de Libro de Manuel fueron destinados a la ayuda de los presos políticos en la Argentina ; los de su reciente (con Carol Dunlop) Los autonautas de la cosmopista son para el sandinismo nicaragüense. Sus amigos saben que muchos otros dineros que pudo haber guardado fueron a alimentar causas populares, periódicos, necesidades comunes.

Para vivir se conformaba con lo necesario: "Mis discos, un poco de tabaco, un techo, una camioneta para gozar del paisaje".

Tres mujeres contaron en su vida. Enterró a la última, Carol, de quien estaba enamorado, y murió en brazos de la primera, Aurora Bernárdez, Ugné Karvelis, con la que compartió varios años, se ocupa todavía hoy de la promoción de su obra en todo el mundo. Sus amigos lo despedimos en el cementerio de Montparnasse una radiante mañana de febrero.

No tenía hijos-, le sobreviven su madre de noventa años y una hermana en Buenos Aires. En la historia entran sus libros, los ecos de una vida digna.

Lo heredarán por generaciones millones de lectores y un país — la Argentina — que nunca terminó de aceptarlo porque le debía demasiado.

(Las citas han sido extraídas de Conversaciones con Cortázar, de Ernesto González Bermejo [Edhasa, Barcelona, 1978] y de reportajes y conversaciones con el autor de este artículo.)

 

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