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¿Una arquitectura para la persuacion consumista?

 

CCarlos Albrecht

 

 

La arquitectura de hoy, en América Latina, se encuentra al final de un ciclo confuso y radicalizante.
Una turbulenta búsqueda, proclive a una desenfadada especulación formal, demasiado adjetivada y ecléctica, pretende seguir articulando el circuito de "la forma por la forma", de todos los signos, e invade talleres del diseñador y del artista 1.
Cuando para nuestros pueblos aparecen, con razón, como más urgentes el encontrar solución inmediata a los graves déficit de habitación, de hacinamiento, de polución inclemente; de especulación con el suelo urbano, de costos y retraso de tecnologías que no se encuentran a su alcance, o de la cesantía crónica de fines de siglo, la instrumentalización del llamado "entorno urbano", manipulada por la religión pagana del consumismo, hacen verdaderamente ineludible una mayor preocupación por develar los efectos nocivos de este nuevo agente en nuestra cultura 2.
En forma reiterada, en el Chile de hoy, nos hemos referido a este tema*.
El entorno urbano es una noción privilegiada, por constituir, desde siempre, un instrumental de varias artes simultáneas; por las magnitudes y permanencias que envuelve en su gestión; por servir de escenario obligado a los componentes objetivos y subjetivos que se transmiten de civilización a civilización, traduciendo un simbolismo histórico clásico y su¡ géneris. Y en fin, por ofrecer en el presente los elementos arqueológicos de la "imagen" —en vivo y en directo—, las formas del entorno son predilectos medios de la promoción y ventas, en todas partes en que siguen vigentes las leyes de la oferta y la demanda 1.
Pop Art, Nuevo Realismo, Neo Dadá, Abstracción, Landart o Videotape, Fluxus, Mixed Media, Minimal Art, Bodyart, Behavior Art, Art Déco, Art Nouveau, Inclusivismo, Collage, Semiótica, Empírica, Revival, Historicismo, Antropomorfismo, Pos Moderno, etc., son algunas de las mil y una denominaciones con las cuales se asocia, en los últimos veinte años, a la expresión formal de las artes visuales'.
Otro tanto ha sucedido con la arquitectura.
Pero el problema de fondo, el de los contenidos, posee otros alcances. El arquitecto español Bohigás, con razón, años atrás, no trepidó en calificarla como el "strip", una arquitectura para el consumismo 5.
El lenguaje de esta arquitectura, importado a Chile en los últimos años, interpreta fielmente los contenidos de la oferta, subordina la esencia de la arquitectura misma y privilegia la apariencia, lo sucedáneo, lo manipulable 6.
Una antropología del consumismo, como la filosofía moderna del mercado tal como se vive en nuestro país, explicaría cómo se promueve el "consumir para ser"; cómo el consumismo es el agente capacitado para buscar, encontrar y colocar la sobreproducción de las empresas multinacionales; y, por fin, cómo al cerrarse el circuito, el consumismo actúa como dinámica retro- alimentadora de todo el sistema’.
Medio siglo de arquitectura en Chile
Para muchos arquitectos, intelectuales e investigadores, la realidad del país y las expresiones actuales del consumismo en la cultura son incoherentes y se contraponen con el pasado y con los logros alcanzados en décadas sucesivas.
En épocas relativamente tempranas, en la década del veinte, por ejemplo, los profundos cambios sufridos en la mentalidad de la Europa intelectual de posguerra tenían repercusión en Chile.
El cubismo, por citar un caso, se anunciaba ya en nuestro país en esa época.
Son varias las generaciones que surgen con una producción nueva en sus contenidos y en las formas elegidas para expresar esos contenidos.
Es una época que no ha sido investigada en toda su plenitud y que para el Chile de hoy y de mañana debe ser rescatada.
Es la época en que artistas y arquitectos comparten la misma inquietud que despierta en ellos el carácter revolucionario de los grandes cambios sociales y su consecuente "lenguaje de las formas" nuevas.
En el invierno de 1931, el arquitecto Juan Martínez, que ha recorrido Europa, vuelve desde Leningrado y llega al país para narrar su prolongado mensaje de racionalismo, de oficio y diseño modernos.
En ese discurso, que él difundirá durante los siguientes treinta años o más, se irán formulando los contenidos culturales del nuevo diseño; se trabará conocimiento con los postulados del Bauhaus, con la obra y personalidad de sus primeros maestros: Gropius, Hannesmeyer, Scharoun, Poelzig, Behrens, Le Corbusier, Perret, entre muchos otros.
Se hablará por primera vez en Chile del trabajo multidisciplinario y colectivo del arquitecto, de los alcances de la planificación, del oficio arquitectónico como suma de la destreza renovada de las artesanías modernas; y de las consonancias éticas y estéticas que deben modular el lenguaje arquitectónico auténtico.
Nada de extraño tiene entonces que, con el advenimiento de la siguiente década, la producción arquitectónica en Chile ya asimile, se conciba y se construya acorde con las nuevas influencias renovadoras: la construcción de obras de la envergadura del Barrio Cívico de Santiago, del Estadio Nacional, de diversos conjuntos universitarios, habitacionales y hospitalarios, y un sinnúmero de otras obras, expresan con fuerza el mandato social de la sociedad chilena de esos años.
Las formas que se emplean, quizá aún poco afinadas, son elocuentes, sobrias, recias y definitivas.
Esta es, como se sabe, la misma época en que se advierte un gran auge y desarrollo en muchos dominios de la vida cultural chilena: música, literatura, teatro, etc.
Toda la vasta gama de grandes obras que se siguen ejecutando en el país aparecen bajo el signo de las expresiones racionalistas modernas —comprendidas éstas no exclusivamente como la "forma que sigue a la función"— sino, más ampliamente, como la relación de contenido, como mandato democrático expresado en la función; y de la forma, como la señal democrática mediante la cual el diseñador sintetiza culturalmente un lenguaje actual y nacional.
Con ello afirmamos que los postulados de la arquitectura racionalista de mediados del siglo XX, implementados en Chile en sociedades democráticas de diverso apellido, colocaron al hombre social en el centro de su preocupación profesional; y fue el hombre la elegida "unidad de medida" y el padrón ético del diseño que reclamaba la sociedad chilena.
Constituía, por decirlo genéricamente, ésta, la respuesta adecuada a los requerimientos de millones de habitantes, con identidad propia y con la ambición legítima de conservarla y desarrollarla.
Esta afirmación no excluye el advertir que, también en este transcurso, la expresión del entorno de nuestras ciudades fue violentada. Sufrió las alteraciones y los desbordes que la presión de la publicidad ha impuesto por doquier. El abuso de la fachada, algunos errores profesionales y hasta el abandono de obras significativas que integran nuestro patrimonio histórico, fueron objeto de estos abiertos o disimulados atentados a nuestra arquitectura. El Barrio Estación Central de la capital, las atiborradas calles San Diego y Franklin, o los consagrados circuitos peatonales del comercio presentan, hasta hoy día, la más variada mezcla del entorno "callejero—, fiel expresión de un —folklore- urbano, y con todas las características que involucra la invasión del moderno "kitsch" y que, por lo demás, encontramos en formas diversas en todas las principales ciudades de nuestra América.
La ciudad autoritaria Hoy día, Chile vive, en cambio, otro fenómeno. A las expresivas formas del "folklore" urbano ha sucedido un nuevo mandato, autoritario y despiadado, asumiendo la manipulación de formas y tecnologías para la promoción del "mercado" y del consumo. Es conveniente recordar, aunque sea sucintamente, algunos hechos acaecidos estos años y que configuran el sistema nacional en el cual se expresa. Es conocido el hecho de que en Chile, con el advenimiento del Gobierno Militar, en 1973, se procedió a la imposición de un sistema institucional autoritario y, a contar de 1975, con la instrumentalización de la llamada "economía social de mercado", se modificaron fuertemente las relaciones entre los agentes sociales de la realidad chilena. Se paralizaron —en el campo de la producción arquitectónica— los programas y las políticas correspondientes al Ministerio de la Vivienda y Urbanismo, al Ministerio de Obras Públicas y Transportes, al Sistema Nacional de Ahorro y Préstamos, al Sistema Cooperativo para la Vivienda; se intervinieron las Universidades y, por cierto, las Facultades de Arquitectura y Urbanismo y Artes y, posteriormente, se abolieron los Estatutos de los Colegios Profesionales, entre ellos los de Arquitectos, Ingenieros y Constructores Civiles. Se restringieron los derechos de publicación, incluidos los de los sectores de la construcción y las publicaciones de los Colegios Profesionales. La Investigación tecnológica se redujo y se cortaron múltiples lazos y relaciones de intercambio cultural con el extranjero, incluyendo a los propios países de América. Fueron establecidas nóminas de profesionales e intelectuales segregados y muchos de ellos partieron al exilio forzoso o voluntario. La participación de todos los agentes sociales, unos más, otros menos, condiciona desde entonces a un control determinado. El sistema nacional es, pues, el de la disciplina. Y el espacio social de la ciudad es el "espacio de la disciplina". Es decir, un nuevo espacio, puesto que hay un nuevo orden público, en el cual la disciplina ha permitido e inducido que sea el "mercado" y sus leves económicas los que regulen la ciudad y el uso del espacio urbano. Con ello —se sostiene— el mercado es el medio "natural" de crecimiento de la sociedad chilena y, por supuesto, será también éste el más apropiado instrumento para el desarrollo urbano."Así como la disciplina ha reordenado el espacio social de la ciudad, el mercado ha redistribuido, o deberá redistribuir, el espacio urbano y relocalizar a las clases sociales. El mercado segrega y disgrega a la población urbana. Por una parte, presenta como un hecho "natural" la apropiación desigual de los bienes urbanos: así, la segregación espacial resulta ser la forma "natural" de las preferencias de la localización. Cada cual se ubica en el lugar que le corresponde, de acuerdo con sus aspiraciones, limitadas por sus recursos. Y, por otra parte, el mercado disgrega a la población urbana, incorporándola, individualmente, como propietarios, consumidores o productores" '. Más difícil de determinar es el efecto que esta misma acción ha venido sobre el medio cultural y el impacto que las restricciones descritas han generado en la estética del entorno. Porque, por una parte, la rentabilidad, que es una de las condiciones relevantes del mercado, se traduce en la apropiación individual; y por otra, en la gestión cultural y estética; la experiencia actual de la realidad chilena termina por indicarnos, en cambio, que una cultura estética de la disciplina propicia un sentido de la belleza que cohíbe, que distancia al habitante: parques, monumentos, edificios para mirar, pero no para usar.
Una ciudad con límites, abstracta, casi aséptica, con zonas estrictas.
Una estética asimétrica, proclive a la disciplina en todos los movimientos del habitante y factor de atracción para la señal del consumo.
Es entonces, en este escenario de la vida económica, social, política y cultural, donde actúa la prédica del "consumismo", promovido con la fuerza distorsionada que le imprime el mercado. Y es, en esta misma atmósfera enrarecida, y correspondiente con ella, que prolifera la expresión arquitectónica del consumismo.
Irracionalidad y lenguaje mercenario
Al interior de la expresión específica de la arquitectura, es fácil advertir hoy cuáles son algunos de los componentes más característicos y proceder a su análisis.
Y esta investigación se ha hecho impostergable, por cuanto estos rasgos afectan al diseño y al quehacer arquitectónico, desvirtuándolos y distanciándolos de los postulados humanistas, y arrastran al diseñador a diversas inconsecuencias, envileciendo su rol de instrumento al servicio de las mayorías nacionales.
El rasgo más relevante de la gestión y expresión arquitectónica del consumismo en Chile es, hoy, su irracionalidad.
La persecución voraz de la rentabilidad del corto plazo; la pugna competitiva de sus agentes y la grotesca radicalización como forma de segregar a unos sectores sociales en oposición a otros, han creado un modelo profundamente "destructivo" y extremadamente irracional en su acción- función, la que, traducida a la forma adoptada, es homóloga.
La irracionalidad emerge del mandato social, económico y cultural que le es transferido al diseño: la desatinada especulación con el suelo urbano, que provoca la destrucción de vastas reservas del área de expansión urbana de Santiago (el arrasamiento de las Viñas Manquehue, Cousiño Macul, Santa Sofía de Lo Cañas, cultivos extensos de hortalizas, viveros, parques y componentes del patrimonio histórico, etc.); la densificación y voraz cambio de destino del suelo urbano, en áreas residenciales consolidadas de baja densidad, generando edificios que constituyen una verdadera "agresión" al sector urbano circundante; la programación "errónea" de tipos de funciones, más allá de las reales necesidades, o en localizaciones para las cuales sólo el "mercado" ofreció señales propicias, originándose un "stock" de diez mil viviendas sin destino; y un millón de metros cuadrados ociosos construidos para rampas comerciales (caracoles), edificios de oficinas, parqueaderos, etc.; la alteración de los padrones y "standards" existentes (modificaciones al DFL.2 y sus especificaciones y localizaciones) en procura de su aplicación para objetivos no previstos; y la incorporación de una amplia gama de tecnologías competitivas, todas importadas, de características "desechables" y sin, mantenimiento en el país.
Todos estos hechos son, entre otros, algunas de estas manifestaciones irracionales e incoherentes con lo que fue y es aún nuestra realidad nacional.
Esta irracionalidad adquiere una forma apropiada a su carácter irracional.
Se diseña un arquetipo fantasioso y agresivo que expresa una suerte de "embellecimiento" cosmético de una arquitectura de carácter conspicuo, para sectores sociales "sobredimensionados" y segregados en la ciudad.
Sirve a la torre de treinta pisos que se levanta en medio de cualquier sector residencial, desbaratando la zonificación adecuada; crea el necesario hermetismo y el "mundo para sí mismo", ajeno por completo a la ciudad, que precisan los modernos supermercados exclusivos; y visten, con engolada cursilería, los centros de diversión nocturnos.
Aludíamos antesala fecunda pero confusa búsqueda y adjetivación de los movimientos y expresiones de las artes visuales, entre ellas las correspondientes a la arquitectura de los últimos treinta años.
Lejos estamos de negar el alto valor de la necesaria e inevitable "magia" que es inherente a la creatividad auténtica, savia perenne de la vida y del arte.
Pero es que el consumismo no reclama un lenguaje proveniente del usuario ni expresa la satisfacción de las necesidades humanas; al revés, constituyendo su fin último el propósito de "vender", pasa a usar e implementar todas las formas y modos para promover una verdadera "idolatría del avisaje": es el lenguaje de la persuasión para el consumo.

Ello explica, fundamentalmente, con qué fluidez todos los "ismos", todos los estilos y "modas" le son útiles para cumplir con su objetivo; la reversibilidad de su expresión, circunstancial al tiempo y el espacio y, en fin, el carácter de su lenguaje, que podríamos simplemente definir como mercenario 9.
Hay más.
En este nuevo catálogo de la arquitectura de hoy observamos el abuso de las fachadas de muro cortina, con vidrios polarizados, puesto el acento en una arquitectura "sin rostro", de rechazo al medio urbano; el montaje de escaleras mecánicas costosas, sin mantenimiento adecuado, rutilantes a la vista más que al uso restringido; ascensores ubicados, ahora, en fachada para contribuir al "atractivo" visual; la proliferación de jardineras con especies de plástico inerte, de "utilería".
Abolición de la historia y deshumanización extranjerizante
Otro rasgo de esta anti- arquitectura es su a historicidad en relación con el medio, con el territorio, con el país en los cuales se inserta.
La expresión del consumismo moderno da por abolidos el proceso histórico real del hombre y su ciudad`.
Debido a que, probablemente, la razón de ser de esta generación del diseño reside en el mercado, su única fuerza para prevalecer está en su incoherencia, aunque ésta no sirva sino para sobrevivir una "temporada".
De esta manera, solamente aquellos símbolos del pasado que permiten invocar las imágenes de "solidez", "tradición", "honorabilidad en los negocios", "seguridad" y, quizá, "continuidad", son acogidos como parte de la historia y se incorporan a este nuevo código formal.
Esta selección de símbolos, carentes del significado histórico real y profundo, se extiende tanto a la tecnología empleada (el muro de ladrillo, por ejemplo, símbolo de la solidez y perdurabilidad, y que hoy reviste desde el exclusivo Hotel Holliday Inn Cordillera hasta el parque de viviendas, sin vender, de la comuna de La Florida), como también a las formas utilizadas: frontones, zócalos, cornisas, plintos, esquinas ochavadas y redondas, provenientes de un dudoso estilo, con que se construyeron miles de conventillos y cités de Santiago a comienzos de este siglo: Art Nouveau, Georgiano Barroco (sic), que bien pueden ser aprovechados para crear hoy —olvidados los contenidos y la función que prestaban, en su expresión— un diseño apropiado y "grato".
Nada de extraño tiene entonces que el estilo promocional del Edificio Bowling, de Apoquindo, corresponda a un sucedáneo del "strip" de Las Vegas; que el conjunto del "Pueblo del Inglés", de Vitacura, discoteca 'Eve" de Avenida Vitacura, en Santiago, centro nocturno de música electrónica y baile. Expresión de un posmoderno y renacimiento en la arquitectura del consumo.
Le Corbusier, treinta años atrás, sugería que la nueva arquitectura...era una máquina para vivir". Parafraseándolo hoy, en Chile deberíamos concluir que nuestra arquitectura se ha incorporado de lleno a la eran industria de la persuasión consumista: esta arquitectura no es otra, cosa que "la máquina para consumir".
Consustancial a la arquitectura, como instrumento de organización del espacio habitado, ha sido en todas las épocas la vehemencia con la que el diseñador buscó asimilar su obra a la unidad de medida clásica: el hombre. Con mayor razón esta preocupación ha estado presente en las sociedades, en las que el carácter protagónico de las amplias mayorías y el esmero por desarrollar su identidad nacional han prevalecido.
En nuestro medio, en cambio, la radicalización elitista de la producción arquitectónica, por un lado, y por el otro, la pérdida de la identidad de la obra, hacen que la expresión actual sea deshumanizada y despersonalizada, enajenante y extranjerizante.
La "unidad de medida" que el diseñador empleó para definir las cualidades y antropometrías del hombre y distribuir su espacio habitable, hoy se ha trastocado a la necesaria dosis diaria de "persuasión", con el objeto de inducirlo a responder, acoger y acatar el mensaje del consumo.
Por ello, la expresión generalmente extraña de los condominios de abastecimiento "mall", en el Eurocentro, de calle Huérfanos; del Omnium, de Avenida Apoquindo; del reacondicionado Hotel Miramar, de Viña del Mar, y de los centros nocturnos de Reñaca; de la torre de cristal del Restaurante Giratorio, de Nueva Providencia; del Edificio Panorámico y su estridente envolvente de vidrio- espejo, de enfrente; del Centro Comercial Madrid, de Plaza Pedro de Valdivia; del Edificio Caracol del Paradero 18, de Gran Avenida; del Centro de Diversiones Regine's (siniestrado), de calle Candelaria Goyenechea, y, en fin, de las grandes tiendas del Parque Arauco Shopping Center, de varios miles de metros cuadrados, a la vera de la Avenida Kennedy, son hoy símbolos, pero no del habitante, ni de su entorno chileno, ni de sus necesidades, ni de su escala.
Herméticos, ajenos, "extranjeros en la ciudad", han pasado a ser los nuevos templos del consumismo, cuya heráldica es el slogan, la marca comercial y el logotipo.
Rescatar la racionalidad y la democracia
Al exponer estas reflexiones no pretendemos sino llamar la atención del diseñador y de los hombres que comparten las inquietudes por la suerte de la cultura de nuestra América, caracterizando un fenómeno que si bien es mundial, afecta hoy dramáticamente a nuestro país.
Paradojalmente, es posible que por el hecho de haber sido tan agudamente afectada nuestra sociedad chilena por la "taiwanización" es decir, por la invasión aberrante de la multitudinaria baratija de la economía occidental y de su subcultura—, este fenómeno motive el rescate, vehemente, de un nuevo diseño para el entorno, una arquitectura fiel a sus postulados de autenticidad, funcionalismo - y belleza.
Debemos contribuir, por tanto, a dimensionar los alcances del "consumismo", descubrir con urgencia los efectos que desvirtúan las culturas de nuestros pueblos americanos y, en particular, los que la afectan en Chile, e intentar fórmulas alternativas oportunas.
Pero al hablar de la ciudad y, más aún, de una ciudad modelo, de una ciudad libre, no podemos olvidar el discurso de Pericles, cuando pronuncia su alegato por Atenas y vincula magistralmente a la ciudad modelo y su entorno, diríamos hoy día, con la democracia:
"En primer lugar, dice, una Ciudad Modelo es una ciudad libre, un gobierno del pueblo, por el pueblo, una democracia.
La Administración se encuentra en manos de la mayoría, no de la minoría".
Y así sucesivamente 11.
Es hora de rescatar la racionalidad y, también, de rescatar la verdadera democracia.
* Los efectos del consumismo en la arquitectura han sido tratados por el autor y un colectivo de profesionales jóvenes en el Simposio de la 3.' Bienal de Arquitectura, de Santiago, en agosto de 1981; en el Ciclo de Conferencias del "Centro Cultural Mapocho", en noviembre del mismo año; y en el Panel de Profesionales SUR, en abril de 1982. El presente texto es una condensación de la ponencia presentada en la 3.' Bienal de Arquitectura de Quito, Ecuador, en noviembre de 1982.


Notas bibliográficas

Anatole Kopp. Changer la vie, chauger la ville. Union Générale d'Editions.
París, 1975 ("Une architecture pour une societé qui n'existe pas encore”).
2 Vance Packard. Los artífices del derroche. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968-
Charles Jencks. El lenguaje de la arquitectura posmoderna. Ed. Gustavo Gih. Barcelona, 1981.-
estética del entorno". Revista Aisthesis N.° 14. Universidad Católica de Chile, Santiago, 1982.
7 Erich Fromm. ¿Tener o ser? Fondo Notas bibliográficas de Cultura Económica. México, 1981.
Profesionales SUR. "Reencuentro de la arquitectura, la ciudad y sus habitantes". Doc. N.° 12, Santiago, 1982.
Venturi y otros. Aprendiendo de Las Vegas. Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 1978.
Peter Paschnike. "Reacción y nega ción". BildendeKunstN.' 10, Berlín, 1981.
5 Oriol Bohigás. Un disseny per le consumisme. Ed. Seria d'Or, Montserrat (Barcelona), 1972.
Manfredo Tafuri. Kapitalismus und - Architektur. VSA Verlag. West Berlín, 1977.
Citado por T. R. Glover.
El mundo antiguo
Fidel Sepúlveda. "Materiales para la EUDEBA, Buenos Aires, 1965.

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