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Vivir con Neruda

 

Conversación con Aída Figueroa y Sergio Insunza

 

 

¿Cuándo y en qué circunstancias se encontraron ustedes por primera vez con Neruda?

Aída Figueroa: Exactamente en agosto de 1948. Éramos un joven matrimonio de abogados y nuestra militancia en el Partido Comunista era poco conocida. González Videla había desencadenado la persecución a los comunistas en virtud de la Ley de "Defensa de la Democracia". Nos pidieron que recibiéramos en nuestro departamento a compañeros que en esos momentos necesitaban permanecer ocultos algunos días en Santiago para eludir la persecución policial. Así recibimos a comunistas de la zona del carbón, especialmente. Un día domingo el contacto que teníamos con el Partido vino a preguntarnos si podíamos recibir a un nuevo huésped. Dijimos que sí, que estábamos dispuestos. A la mañana siguiente, cuando Sergio se había ido a su .trabajo y yo me ocupaba de mi hija mayor, que entonces sólo tenía un año, tocaron el timbre, y al abrir la puerta me encontré sin más con Neruda y su mujer, Delia del Carril, a quienes, por supuesto, reconocí de inmediato. La figura de Pablo me era familiar; había asistido a recitales suyos y escuchado sus discursos durante la campaña presidencial de González Videla; conocía casi todos sus libros y me sabía de memoria varios de los veinte poemas de amor. Di un paso atrás, creo que de susto. No era sólo una reacción ante la trascendencia de lo que se nos encomendaba, sino el impacto de ver a Neruda tocando el timbre de mi casa.

Sergio Insunza: Mi primer encuentro con Pablo fue en 1938. Había venido desde España a solicitar ayuda para los republicanos. Era todavía cónsul en Madrid. Se hizo entonces un gran acto en el Teatro Caupolicán con los auspicios del Frente Popular. Debe haber sido en diciembre de 1938, porque yo estaba dando los exámenes de primer año en la Escuela de Derecho. Los oradores del mitin me parecieron fogosos, líricos, grandilocuentes. Fue muy agudo el contraste con Neruda, que con su voz monocorde y nasal, casi se limitó a repetir "víveres, víveres, víveres para España". Dijo que estaba escribiendo un libro que se llamaría España en el corazón y leyó uno de los poemas sin que el público le prestara mucha atención. Me encontré de nuevo con él en 1947, cuando ya era un abogado recibido. Estaba en marcha el proceso por su discurso "Yo acuso" en el Senado. Mi tarea fue hacer los trámites menores, porque sus abogados defensores eran Silva Lazo y Jorge Jiles. Neruda había ingresado al PC en 1945, en un acto público en el mismo Teatro Caupolicán en el que en 1938 pedía ayuda para España. Era un senador que tenía mucho público cuando hablaba. Hasta los conservadores y liberales corrían a sentarse en sus sillones para escucharle, aunque se tratara de ataques en su contra.

—En la vida, las grandes frases no funcionan y son algo ridículas. ¿Qué dijo Neruda al ingresar por primera vez a la casa de ustedes huyendo de sus perseguidores?

Aída: Dijo al entrar al living: "Qué casa más linda tienen ustedes". En realidad era un departamento modesto, en la calle Ismael Vergara, frente al Parque Forestal; el mayor espacio lo ocupaban unos sillones con cretonas de colores y un piano de cola, herencia familiar, que yo en ese tiempo tocaba. El comedor era pequeño y sólo disponíamos de dos dormitorios. Decidimos, con Sergio, entregarle a Pablo y Delia nuestra cama matrimonial, que era lo más importante del departamento. Pablo rechazó el ofrecimiento y dijo que dormirían en el living "como cucharitas". Le gustó la posibilidad de una tina de baño con agua caliente. Era muy aficionado a los baños de tina y los practicaba como una ceremonia privadísima, cerrando la puerta con llave. Así vivieron con nosotros unos seis meses. De repente el Partido, por motivos de seguridad, lo sacaba para llevarlo a otras casas o para que participara en alguna reunión. Pero siempre volvía. En una de esas ausencias abrí la puerta y encontré a Pablo con un sombrero ridículo en la coronilla de su cabeza, unos anteojos sin vidrio de disfraz infantil y un ramo de yuyos descomunal en las manos; yuyos azules, amarillos. Se había bajado en una carretera a recoger flores. Le reproché amablemente esas extravagancias que podían llamar la atención sobre su paradero. Contestó tranquilamente: "No te preocupes, vengo disfrazado y oculto tras este ramo de yuyos".

Sergio: Todos los diarios y radios hablaban de la intensa búsqueda que realizaban a lo largo del país los policías de Investigaciones. El poeta no se alteraba. Su única clandestinidad era no salir a la calle y no hablar por teléfono. Seguía viviendo en nuestra casa como en Isla Negra o Los Guindos. Por esos días cumplió cuarenta y cinco años y decidió que hiciéramos una fiesta con sus amigos, como era su tradición. La idea nos pareció absurda, imposible. Vivíamos en un sexto piso, nuestro departamento estaba en el centro de la ciudad, la policía podía irrumpir en medio de la fiesta y llevarse a Neruda y a todos los invitados, incluidos nosotros. Cuando le hicimos ver los peligros, Pablo dijo: "Yo quiero solamente una fiesta de cumpleaños", con aire de niño contrariado. Decidimos darle el gusto desafiando las consecuencias. La fiesta fue con guirnaldas, globos, gorros de papel, serpentinas, narices postizas. Vinieron, entre otros, Juvencio Valle, Rubén Azócar, Volodia Teitelboim, Diego Muñoz, Luis Enrique Délano, Carlos Vasallo, Manuel Solimano, casi todos con sus respectivas mujeres. Nos preocupaba la llegada de tanta gente que debía tocar el timbre abajo. Algunos gritaban "¡Sergio!" a toda voz desde la calle y teníamos que bajar a abrir. Felizmente los vecinos no daban señales de vida y nadie protestó por la música y el alboroto de tanta gente. Todos reíamos a gritos con las ocurrencias de Rubén Azócar o con las regocijantes anécdotas de personajes de actualidad contadas con mucho detalle y seriedad por Volodia. Pablo prohibió hablar de cosas dramáticas y dijo que González Videla no podía perseguir también nuestra alegría.

—La completa alteración de la vida de ustedes, más los sobresal­ tos, ¿no les hizo desear en algún instante que el poeta abandonara la casa?

Sergio: Francamente, no. Nos acostumbramos a su manera de ser y a las medidas que había que tomar para mantener su clandestinidad. Recordamos esos meses como una fiesta continua y aprendimos a vivir como Pablo. Le agradecemos, por ejemplo, que nos haya enseñado a valorizar las cosas mínimas: los árboles del parque, las piedras del mar, los libros viejos, las texturas, los olores, los sabores. Era un incansable descubridor de las cosas terrenales, aunque se viera obligado a permanecer encerrado en una pieza. Era un hombre de una llaneza absoluta. Le aburría toda forma de pedantería; era inútil ventilar con él cualquier teoría en términos académicos. Prefería hablar de recetas de cocina o de viejas películas. Era de un humor incansable y de una ironía leve y certera. No entendía las tesis que los estudiantes de literatura escribían sobre su poesía. Detestaba el lenguaje de los sociólogos y de los políticos adocenados. Y nunca he encontrado a una persona que hablara mejor que él. Creo que si alguien hubiese recogido con una grabadora sus conversaciones, habría armado uno o varios libros tan buenos o mejores que los que se conocen de su magnífica prosa. Estaba al día en todas las informaciones, hasta de los crímenes que llenaban los títulos y las páginas de los diarios tabloides. Le gustaba enterarse de intimidades, de detalles sabrosos de la gente, aunque no era "pelador" ni indiscreto. Nunca lo vimos engolado o dando lecciones y opiniones perentorias o pautas literarias o políticas. Era curioso enterarse que no sabía de memoria ninguno de sus poemas, ni siquiera los que forman el repertorio más socorrido de los recitadores, como "Farewel" o el "Poema 20". En cambio, sí podía citar de memoria largas estrofas de Rimbaud en su lengua original o poemas de Alberto Rojas Jiménez o Aliro Ayarzún, amigos de su juventud bohemia y poetas por los que sentía una gran admiración. En ningún momento de esos seis meses de encierro en nuestra casa lo notamos angustiado o temeroso de la aparición de la Policía en cualquier momento. Sin hacer ostentación, era un hombre valiente. Lo demostró muchas veces en su vida. Nunca se detuvo ante nada de lo que emprendió o por lo cual luchó, por temores de ninguna especie, incluida su integridad física.

—La fuga hacia la cordillera para pasar hacia Argentina, ¿fue pla­nificada en la casa de ustedes? ¿Cuándo los abandonó el huésped?

Aída: La fuga se planificó en parte en nuestra casa, aunque nosotros nada tuvimos que ver con ella. Fueron otros amigos, como Manuel Solimano, Francisco Bellet, Raúl Bulnes, los que ayudaron en todos los detalles para que resultara bien. Lo vino a buscar una mañana el doctor Bulnes en su auto y se lo llevó al Sur. El plan era aprovechar las relaciones de amistad que tenía uno de ellos con el administrador de un fundo en los contrafuertes cordilleranos. Pablo se había dejado crecer la barba para tener la apariencia de un hombre de campo y en­cubrir su conocida imagen. La conexión con los que lo esperarían al otro lado de la cordillera, en territorio argentino, no se hizo bien y Pablo debió aguardar varios días en el fundo del administrador cómplice. Desgraciadamente, a los pocos días llegó el dueño, que nada sabía del asunto y que no tenía ninguna afinidad política con el poeta. Pablo confiaba en su disfraz y en la credibilidad de su condición de comerciante en ganado y experto arriero. Parecía que el dueño del fundo no dudaba de la historia, porque en todo momento se mostró hospitalario y deseoso de cooperar con ese hombre de espesa barba Y voz lenta. Cuando llegó el día de la partida, le dio valiosas indicaciones acerca del tránsito por la cordillera y el paso hacia Argentina. Cuando ya se iba, el poeta se estremeció un poco. El dueño del fundo le dijo: "Que le vaya bien, don Pablo Neruda". La verdad es que había sido reconocido desde el primer momento y que el dueño del fundo, a pesar de ser un hombre de derecha, prestó toda su colaboración a la fuga.

Sergio: Creo que a estas alturas de la conversación es necesario aclarar que en esos seis meses en nuestra casa, Pablo fue sacado por el Partido algunas semanas. Casi siempre lo llevaban a Valparaíso. Vivió en casas de pescadores y marineros. Conservó la amistad con un matrimonio proletario del puerto, que lo acogió con mucho cariño y com­ partió con él su pobreza. Habla de ellos en uno de sus poemas.

—En el relato ha ido quedando relegada a segundo plano Delia del Carril, — Hormiga — , la compañera de Pablo en esos años. ¿Estuvo siempre a su lado?

Aída: La "Hormiga" siempre estuvo con él. Creo que se separaron sólo cuando emprendió el paso hacia Argentina. Pablo no podía vivir sin ella; siempre necesitó una mujer a su lado. Era un hombre emparejado. "Hormiga" era, además, una valiosa auxiliar de su trabajo. Corregía sus originales y tenía un gran sentido crítico. Revisaba diariamente las carillas escritas por Neruda y anotaba al margen: "Ojo: cacofonías, redundancias, es necesaria otra versión, etc.-. Pablo respetaba mucho su criterio literario. Era muy crítica, incluso a veces despiadada para expresar sus opiniones. Conocía hasta la respiración de Pablo y se adelantaba a sus peticiones. Era una mujer de una sólida cultura y de firmes principios políticos. Su ilimitada generosidad la hacía desprenderse de lo que fuera si alguien se lo solicitaba o se daba cuenta de que le era necesario. No tenía ningún sentido de la vida doméstica ni de la organización. Había sido una rica dama estanciera argentina y todos los detalles de su entorno habían sido resueltos por otros. Tal vez allí estaba su mayor dificultad en la convivencia con Pablo. Siempre había papeles perdidos o confusiones de compromisos que le hacían desear al poeta la ayuda de alguien que le "ordenara el tránsito".

— La historia inmediatamente posterior es bastante conocida. Neruda viaja de la Argentina a Europa y reaparece en el Congreso Mundial de la Paz. Luego vienen tres años de exilio, período en el cual en el país se desarrolló un gran movimiento por su retorno.

Sergio: En efecto, Neruda se convirtió en una bandera de la lucha democrática en Chile. Creo que pocas veces se ha realizado una campaña tan sostenida y unánime como la que exigía su retorno al país. Terminaba con más pena que gloria la administración de González Videla; circulaba una edición del Canto General, editada en la clandestinidad y con dibujos de Venturelli, mientras en México había aparecido otra, ilustrada por Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. En 1951 nació el Frente del Pueblo, que reunía a los comunistas, borrados en su mayor parte de los registros electorales, a un sector del Partido Socia­ lista, a radicales disidentes y otros grupos menores. El abanderado presidencial fue el doctor Salvador Allende, quien, naturalmente, no tenía la menor posibilidad de ser elegido. Se decía que si Pablo regresaba sería de inmediato detenido en el aeropuerto. Pero el ministro sumariante González Castillo, que tenía en sus manos el proceso contra Neruda por la publicación en el extranjero de su "Yo acuso", garantizó que ello no ocurriría y que el poeta sólo tenía que ir a declarar a los Tribunales. En esas condiciones se decidió su regreso. Hacia mediados de 1952 era muy importante la presencia de Neruda en Chile. Podía contrarrestar la arrolladora candidatura presidencial del general Ibáñez y fortalecer al candidato del Frente del Pueblo. Un día supimos de manera definitiva que Pablo llegaba en un barco a Montevideo. Una multitud había ido varias veces al aeropuerto a esperarlo y ya estaban desilusionados e irritados contra los falsos anuncios. Se decidió que fuera una delegación a esperarlo a Montevideo y no anunciar nada hasta que el poeta estuviese en sus manos. La delegación estuvo integrada por Astolfo Tapia, presidente de la Cámara de Diputados, el abogado Carlos Vicuña Fuentes y yo. Partimos en una mañana de invierno hacia Montevideo. Pablo haría su aparición unos dos o tres días después. Tomamos contacto con el PC uruguayo, que había designado al joven diputado Rodney Arismendi para esta tarea. Los cuatro lo esperamos en el puerto. Vimos bajar a Pablo envuelto en un abrigo amarillo de piel de camello. Era el mismo de siempre, tal vez un poco más gordo y tostado por el sol del verano europeo. Los periodistas se apoderaron de él de inmediato y luego vinieron agasajos de los escritores y la obligatoria lectura de sus últimos poemas. La delegación lo arrebató a sus interminables anfitriones y tomamos el avión hacia Santiago. Miles de personas lo esperaban en Los Cerrillos agitando banderas y gritando su nombre. A la altura de la Estación Central debió bajarse del automóvil e integrarse a un largo desfile que marchaba hacia la Plaza Bulnes. Allí se improvisó una tribuna, en la que estaba, entre otros, Salvador Allende. Neruda habló con emoción, dijo que se integraba al Frente del Pueblo y a los trabajos de la candidatura de Salvador Allende. Y así lo hizo de inmediato. Todo esto ocurría frente a La Moneda , en cuyo interior todavía estaba González Videla, que cuatro años antes había lanzado a toda la Policía a la caza de Neruda como si se tratara del peor delincuente.




Luis Alberto Mansilla

 

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